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Julio Rodríguez | envela@nacion.com |
Si un joven desconocido, buen futbolista, juega en un estadio en un partido de primera división y descuella, ese mismo día llena los medios de comunicación. Y si reedita el éxito en otros partidos, pasa a la galería de los famosos. La gente retiene su nombre, lo distingue en un centro comercial o en las calles, y lo corea en los estadios. Un político necesitaría toda una vida para que, al pasar, alguien diga: “Ahí va fulano de tal…”.
El salto del anominato al aplauso y a la veneración popular suele ser incontrolable psicológicamente, máxime cuando la persona se habitúa a vivir en este ambiente artificial o lo busca con frenesí. Los famosos necesitan, por ello, más que guardaespaldas, buenos psicólogos, que ojalá no sean famosos… La fama es un demonio peligroso que, al faltar o venir a menos, conduce al que fue famoso a las peores consecuencias.
Está la fama habitual, como sinónimo de estima, buena o mala, que todos tenemos, fundada en la vivencia de los valores éticos, o bien en su ausencia, y la fama de notoriedad (de publicidad) que, gracias a los medios de comunicación, se torna epidémica. Esta fama de notoriedad recubre a las personas, pero también a los caballos, como Rocinante o Babieca, a las cataratas del Niágara o al Irazú, a Jack el Destripador, a Messi, al Partenón o al “praeclarum theorema” de Leibniz. También se creen famosos, por un rato, los del VIP, por las atenciones que reciben.
La fama produce admiración legítima, cuando se hermanan el continente y el contenido, pero también causa lástima, cuando la vanidad avasalla al ser humano. La vanidad es el orgullo basado en cosas vanas. Es, según decir, el hambre de fama de notoriedad y de aplauso, derivada de cierta anomalía patológica de índole narcisista o compensación de un fuerte complejo de inferioridad infantil. Su castigo es la pérdida de la realidad y el ridículo. Leamos, entre otros, a Salomón, el de Israel, y a Calderón… el de España, o, de vez en cuando, démonos un paseíto por Jardines del Recuerdo, la última escala.
El secreto está en administrar, con humor, la fama y en no creerse el cuento, sabedores de que su mejor aliada es la humildad o el sentimiento de la propia insuficiencia que, alimentada en la verdad, el amor, la sencillez y la compasión, se torna en grandeza. Y, mejor que mejor, recordar el Miércoles de Ceniza: “Polvo eres y en polvo te habrás de convertir”, una sentencia políticamente incorrecta, pero socarrona y ontológicamente absoluta. O ¿es que no hay verdades absolutas?
Amén.
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