Página QuinceMiguel Martí | mmarti_16@hotmail.com |
Periodista y consultor en comunicación
El término “política” viene de la antigua Grecia. Su raíz es la palabra “polis” que en griego quiere decir “ciudad”. Así, “política” es la actividad que se desarrolla para buscar mejores formas de convivencia, para mejorar la vida colectiva en la ciudad.
En su sentido más profundo, política es la actividad mediante la que un conglomerado humano en conjunto sueña y visualiza un país mejor y, una vez desarrollada esa visión, toma las decisiones necesarias para hacerla realidad.
Política y negociación. Sin embargo, la construcción colectiva de esa visión es complicada. Existen intereses diversos y hasta contrapuestos. La política se ejerce a través de la tiranía cuando un solo grupo impone su visión al resto. La política se ejerce a través de la democracia cuando la visión colectiva que emerge es el resultado de acuerdos tomados entre todas las partes. La herramienta para lograr esos acuerdos es la negociación.
Con profunda preocupación, debemos admitir que en Costa Rica no solo se ha debilitado la política en su sentido esencial de visualizar un país posible, sino también que se está debilitando el instrumento principal de la política, que es la negociación y la búsqueda de acuerdos.
Lo clave de la política es que distintos grupos, con intereses diversos, negocian todos de buena fe. Producto de esa negociación cada quien pierde un poquito y cada quien gana un poquito, pero, al final, cada quien siente que ganó más de lo que perdió.
En nuestro país se ha debilitado la esencia de la política. Por una parte porque, debido a procesos de negociación opacos y no transparentes ocurridos en el pasado –que nuestra jerga bautizó como “pactos”–, se satanizó, no el proceso equivocado particular en cuestión, sino el concepto mismo de la negociación política.
Aunque parezca increíble, empezó a cundir la sensación de que “pactar” es negativo; que negociar acuerdos es contrario a la política. Cada quien adopta una posición y, como en la Primera Guerra Mundial, cava su trinchera y se queda peleando en ella y desde ella.
El resultado previsible de ese curso de acción es, como ocurrió en las trincheras europeas, el estancamiento y la parálisis. Todos se neutralizan mutuamente.
Ganadores y perdedores. El mecanismo que desde hace más de una década se viene dando en nuestro país para romper el empate es acudir a la Sala IV. O sea, estamos “judicializando la política”.
Sin embargo, lo propio del Poder Judicial no es la negociación: es la sentencia. El Poder Judicial dicta sentencia, y cuando se dicta sentencia, alguien gana y alguien pierde. Si cada vez judicializamos más la política, entonces cada vez más lo que habrá en Costa Rica son ganadores y perdedores y –créanme– los perdedores empiezan a acumular rabia y presión.
La otra cara de la moneda de judicializar la política es que entonces empieza a sentirse la necesidad de politizar lo judicial, porque si, en definitiva, las grandes decisiones políticas de Costa Rica se van a tomar en la Sala Cuarta, entonces empieza a ser un imperativo político tener a “mi” magistrado en la Sala Cuarta.
Esa es precisamente la interrelación que ya se está creando en nuestro país. Necesitamos salirnos de esta dinámica; necesitamos establecer mejor cuál es el ámbito de la Sala Constitucional y recuperar el ámbito de la política, el ámbito de la negociación, de la discusión, que finalmente culmina en acuerdos.
Sin embargo, eso sí, no se toma la discusión y la negociación como una herramienta para posponer al infinito la toma de la decisión, como nos está pasando ahora. Esta dinámica perversa de la vieja política se expresa en el Reglamento Legislativo. Su reforma debe ser la primera prioridad para relanzar una nueva política.
En la nueva política, los ciudadanos debemos valorar a los partidos y a sus líderes, por su capacidad de proponer una visión de país posible; por su voluntad y su excelencia en negociar de manera transparente el logro de acuerdos y por su determinación y coherencia a la hora de poner en práctica los acuerdos alcanzados; y no tanto por su (hasta ahora) respetuosa resignación ante las sentencias dictadas.
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