EDITORIAL |
En mayor medida que dos estudios similares previos, el tercer Estado de la región en desarrollo humano sostenible , dado a conocer hace pocos días en San José, es un documento de gran solidez fáctica y agudeza analítica. Su utilidad es doble: por un lado, nos permite conocer dónde estamos los países de Centroamérica, a partir de una exhaustiva recopilación, sistematización y comparación de datos e informaciones generalmente dispersos; por otro, nos ayuda a valorar las opciones más viables y necesarias para superar fuertes rezagos históricos, fortalecer debilidades, consolidar avances ya alcanzados y dinamizar posibilidades de progreso.
Su visión oscila en una escala que va desde la atención a la precisión de los datos actuales, o su comparación con los del pasado (la lupa), hasta la visión del horizonte a partir de rasgos y tendencias generales (el catalejo). A esto se une un conjunto de otras múltiples cualidades, que solo pueden percibirse a plenitud leyendo sus 656 páginas, elaboradas por un equipo de profesionales centroamericanos que, para orgullo nuestro, fue coordinado por el proyecto Estado de la nación , programa del Consejo Nacional de Rectores (Conare), y financiado por la agencia de cooperación de Dinamarca.
El abordaje regional del informe tiene la virtud de llamarnos la atención sobre una gran cantidad de retos comunes, mientras, a la vez, destaca las situaciones y responsabilidades nacionales en torno a ellos. Se trata de una visión congruente con su propuesta de “encarar estos desafíos en conjunto, redescubrir la región y la integración como fortalezas que complementen las acciones que cada Estado, ineludiblemente, debe acometer para el bienestar de la población”. Nos parece correcto.
Sin embargo, al entrar en el detalle del análisis, se pone de manifiesto también cuántas y cuán profundas diferencias económicas, sociales, étnicas e institucionales existen entre los seis países (Panamá siempre incluido; Belice a veces). Esta realidad de enormes disparidades en una misma zona geográfica no invalida la vocación regional del trabajo Sin embargo, tal abordaje, para que sea verdaderamente útil, debe emprenderse con mucho cuidado. Porque las estrategias de desarrollo sostenible que, según apunta con razón el informe, deben “reconsiderarse” a partir de la convergencia entre “rezagos históricos” y un “contexto internacional cada vez más complejo”, sin duda tienen componentes regionales, pero también exigen acciones nacionales muy diferenciadas.
Por ejemplo, en relación con una gran cantidad de indicadores socioeconómicos, Centroamérica es hoy una región de tres partes. El sur, conformado por Costa Rica y Panamá, tiene, entre otras características, las economías más dinámicas, los menores índices de pobreza, el mayor y más creciente producto interno bruto (PIB) per cápita (actualmente de alrededor de $5.000), índices de seguridad ciudadana relativamente favorables (que comparte con Nicaragua) y un Estado de derecho más desarrollado, sobre todo en nuestro país. Guatemala y El Salvador están en un nivel “medio”, con el PIB per cápita alrededor de $2.000, pero con enormes problemas de pobreza e inseguridad, mientras Honduras y Nicaragua, con ingresos cercanos a los $1.000 por persona, son, junto con Haití y Bolivia, los países más pobres del continente.
Ante diferencias tan notables, que se multiplican a medida que entramos en los detalles del informe, se hace manifiesto que Centroamérica es una realidad común en su geografía y en ciertos problemas, desafíos y oportunidades, pero muy dispar en lo alcanzado por sus distintos países y, por ende, en las posibilidades de desarrollo de cada uno. Se añade una institucionalidad regional sumamente ineficiente.
¿Implica lo anterior que Costa Rica se debe alejar de las opciones regionales? De ninguna manera. Lo que quiere decir es que nuestro país debe insistir en asumirlas con gran sentido de realidad y con gran insistencia en que la opción de integración sea pragmática y responsable, no retórica. Quizá esta conclusión no sea explícita en el informe, pero resulta muy clara y es otro motivo para analizarlo con gran atención, algo que deberían hacer todos los que ocupan posiciones de liderazgo en el Istmo.
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