LN OPINIÓN

Costa Rica, Sábado 4 de octubre de 2008

/OPINIÓN

EDITORIAL

Secretismo chino

 El encubrimiento de los casos de productos lácteos contaminados pone al descubierto las desviaciones del sistema chino

 La anteposición de la imagen política a la verdad y a la publicidad representa en sí una violación de los derechos humanos

En cualquier país, si no se observan fielmente las normas legales y técnicas en la producción de alimentos o en cualesquiera otras actividades económicas, puede repetirse lo acaecido en China. La historia abunda en desvaríos de todo tipo por negligencia o imprudencia. Sin embargo, en los países regidos por la doctrina del secreto y el temor a la información, es el propio Gobierno el que oculta los hechos y, de este modo, pone en peligro la salud y la vida de los habitantes, así como de los países adonde ha exportado sus productos contaminados.

El derecho a informar y a ser informado, como expresión de la libertad, es una garantía de los derechos humanos. Lo ocurrido en China tiene, pues, trascendencia universal por la majestad de los principios y de los valores quebrantados, y por sus terribles consecuencias. En efecto, la distribución de productos lácteos con melamina (un producto químico utilizado para la fabricación de resinas y pegamento) afectó la salud de 53.000 niños. De esta cifra unos 10.000 menores fueron hospitalizados y cuatro murieron. La noticia, tardía, se expandió por todo el mundo y en muchos países se prohibió la venta de leche en polvo, chocolates, golosinas, barritas de cereales, galletas, leches chocolatadas, batidos y café con leche. Se encontró melamina en 31 productos de leche en polvo fabricados por 20 compañías diferentes.

Estos datos nos dan una idea somera de la dimensión del problema y, en consecuencia, de la grave responsabilidad del Gobierno chino. Las primeras quejas de los padres sobre esta contaminación se presentaron a finales del 2007 y se confirmaron a partir de junio, dos meses antes de la inauguración de los Juegos Olímpicos en este país. El primer niño murió en mayo del 2008. Reporteros sin Fronteras subrayó el móvil del secreto oficial: “Es cada vez más claro –expresó– que las autoridades impidieron en julio de este año investigar el tema para no dañar la imagen del país ante de los Juegos Olímpicos”. La Federación de Periodistas acusó al Gobierno chino de amordazar a la prensa y de expulsar a los corresponsales de cuatro diarios chinos de Shijiazhuang, escenario de los hechos.

Tal como lo ha verificado la práctica de los regímenes totalitarios y aun la de los gobiernos democráticos que, una vez elegidos, han prostituido su esencia, en el altar del personalismo o de un fementido proceso revolucionario, la imagen del partido o del líder –expresión del poder incontrolado-– se torna el bien supremo que, a toda costa, se ha de resguardar. De aquí se sigue el enfrentamiento radical entre el secretismo, bajo el alero consustancial de la represión en todo régimen tiránico, y la publicidad, ámbito y nutriente vital del sistema democrático, cuyo marco de acción y garantía ciudadana es el Estado de derecho. Su ausencia explica por qué, pese a la magnitud de la contaminación en China, solo se tiene noticia de una demanda de los padres de un bebé enfermo en la provincia de Henán, sin que se sepa si el tribunal correspondiente tomará el caso.

La publicidad en sí y en cualquiera de sus especies, libertad de expresión, derecho a informar y a ser informado, acceso a los tribunales y otras, no es un dije democrático, como creen algunos, o una mercancía ideológica, sino el espacio vital de las personas, como protección y defensa de sus derechos, y como soporte del saber, de la investigación, de la comunicación y de la búsqueda de la verdad. Así lo exige la sociedad del conocimiento. Lo que ha ocurrido en China –y lo que está ocurriendo– debe movilizar a la comunidad internacional democrática para que estos valores impregnen las relaciones internacionales y las relaciones de convivencia en el seno de los países. De aquí la importancia de la publicidad de la denuncia, ante la cual no se debe ceder. La historia está llena de grandes tragedias –el siglo XX lo confirma– por anteponer el silencio a la información y a la crítica oportunas.

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