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Fabiola Madriz |
Periodista
Es tanto lo que quisiera decir, que no he logrado encontrar la manera correcta de expresarlo. Tal vez debería comenzar por el impacto que provocaron en mí los testimonios de 3 mujeres jóvenes acerca de su violación, el dolor que se podía palpar en sus palabras… O tal vez, el hecho de que cada 6 horas una mujer presenta una denuncia por violación.
Por mucho que la sociedad intente imponer una imagen de manto protector de la mujer, nos damos cuenta de que es solo una cortina de humo, que el momento en que llegamos a correrla con la esperanza de encontrar luz, se desvanece cual fantasma de Canterville.
El traumatismo va más allá de la parte física, el cuerpo es solo un estuche que guarda la esencia de cada uno de nosotros. El trauma emocional es lo más difícil de sanar.
Quienes no han vivido de cerca una experiencia así, no conocen la magnitud del dolor que se sobrelleva: el sudor frío en las noches, las pesadillas, el no poder soportar el abrazo de un padre cariñoso que busca consolar a una desesperada y triste hija o la necesidad enfermiza de lavarse compulsivamente para tratar de arrancar de la piel la impureza que se cree tener.
Los psicólogos tratan de hacer entender que la culpa de esta situación no es de la mujer, pero la sociedad le hace ver que no es así, lo hacen al denigrar a la mujer en su publicidad, presentándola como un objeto de consumo, cuando camina por la calle y las miradas lascivas no se hacen esperar o cuando en un autobús los hombres se restriegan contra su cuerpo.
El torturarse pensando en que la situación se pudo cambiar, es darle paso a la autoflagelación, que no va a ayudar en nada a sanar la herida; al contrario, es darle poder a la mente para que busque entre lo más oscuro de ella cómo castigar al espíritu, que es, fue y será siempre limpio, por lo que ha pasado con el cuerpo.
Aunque el panorama no es color rosa, tampoco debe ser negro. La esperanza de una vida libre de tanto dolor es posible, no inmediata, es lenta, dolorosa y muchas veces se desea terminar la lucha, pero el cielo nunca está tan oscuro como antes de amanecer.
Importa pensar, independientemente de la religión que se profese, que nadie lleva una cruz más pesada de lo que se puede soportar.
El apoyo de personas que han logrando sobrevivir a experiencias terribles hacen ver a quienes no hallan consuelo que todo se resume al cuerpo, que se recupera con los años y que el espíritu, el que no puede ser quebrantado o ultrajado, se fortalece y se nutre, y ese es el que necesita palabras de aliento para no dejarlo rendirse, para decirle que sí se puede salir adelante.
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