LN OPINIÓN

Costa Rica, Domingo 30 de noviembre de 2008

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Enrique Obregón | enriqueobregon@yahoo.com

Serenamente

 La palabra armoniosa, suave, no termina con la violencia, pero la apacigua

Abogado

Un joven de 27 años me visita con frecuencia porque le gusta conversar conmigo. Dice que para aprender, pero en ocasiones quien aprende soy yo. Una tarde hablábamos del estado de violencia general de nuestra sociedad. Niños violentos, jóvenes violentos, ancianos violentos. Muchos, demasiados, dispuestos a robar, asesinar, violar. Hombres mayores, padres de familia, que agraden verbal y físicamente a sus mujeres, a sus hijos, destruyendo lo que constituye el núcleo central de su existencia. Con un acto de extrema violencia, borran, en un minuto, lo que daba estructura a un hogar.

–¿Qué se puede hacer para terminar con estar barbarie –me pregunta angustiado mi amigo–, aumentando las penas, formando una policía profesional, armándose los que parecen buenos para defenderse de los que parecen malos?

–Es difícil y complicado –acerté a explicar superficialmente–; el delito es el punto final de una larga serie de causas en las cuales tienen participación el Estado, las diversas instituciones públicas y la sociedad en general. El delincuente no está fuera de la sociedad, es parte de ella. Es allí, en la sociedad, donde se desvió, donde aprendió a violar la ley, a pisotear principios elementales de la moral. Quizás podríamos preocuparnos por desentrañar el verdadero significado de la justicia. Por allí podríamos comenzar.

–Mire –me interrumpió el joven–, si de comenzar se trata, yo, por mi parte, quiero decirle que ya he comenzado. He pensado que puede ser un asunto de expresión, de cómo debemos hablar. Dentro de mi ignorancia, creo que es posible, aun en una sociedad tan violenta, vivir serenamente, sin insulto ni reproche para nadie. He comenzado por no usar el lenguaje violento, por no agredir a nadie, por emplear la serena palabra, porque también las palabras tienen serenidad; pueden ser apacibles y aleccionadoras.

Le voy a contar lo que me ha sucedido. Ahora, cuando venía para su casa conduciendo mi carro, otro chofer que conducía el suyo, me dio un fuerte golpe por detrás. Yo me detuve, él se bajó rápidamente, con aire sobresaltado, en agresiva actitud. Entonces, con tranquilidad, le extendí la mano, le dije cómo me llamaba y me dirigí a inspeccionar las consecuencias del choque. Poca cosa le había sucedido a los carros; el de él, un poco más averiado. Miré fijamente al responsable de la colisión, y le pregunté:

–Y usted, ¿cómo está? ¿Ha sufrido algún golpe, alguna lesión corporal?

El hombre, ante mis preguntas, se desconcertó, no sabía qué contestar y, de pronto, tocándose por varias partes del cuerpo, respondió:

–No, no tengo lesiones, nada me ha pasado.

Y le respondí:

–Pues eso es lo que cuenta, lo del choque vale poco. Lo que importa es que usted se encuentra bien.

El chofer, asombrado, no acertó a decir más que un “sí, sí”, y se marchó. Yo solo pude observar que iba serenamente.

Cuando mi amigo se fue, me quedé pensando que la serenidad –desde luego– no termina con la violencia, pero que la palabra armoniosa, suave, que no insulta, que no agrede, la apacigua. Por lo menos, aquella violencia que no llega a los tribunales ni a las páginas de los periódicos, pero que es causante de grandes desajustes y malos entendimientos en los hogares, en el trabajo y en el diario acontecer.

Por allí podríamos empezar. Tal vez sea –la tranquila palabra– el punto inicial para terminar con la larga cadena de hechos y circunstancias que, al final, impulsa a un joven a disparar un revólver para robar.

Quien llegó para conversar y saber se convirtió en un buen profesor y enseñó así una lección magistral: aprendamos a vivir serenamente.

Entonces, recordé la palabra bíblica: “La respuesta, cuando es apacible, aparta la furia, pero la palabra que causa dolor hace subir la cólera”.

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