LN OPINIÓN

Costa Rica, Domingo 30 de noviembre de 2008

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El camino a la depresión

 El “socialismo limón” habría sido mejor que lo que enfrentamos hoy

Economista

J. Bradford DeLong es profesor de Economía en la Universidad de California en Berkeley y exsecretario asistente del Tesoro de Estados Unidos

BERKELEY – Durante 15 meses, la Reserva Federal de Estados Unidos, ayudada por los reguladores financieros del Tesoro de EE.UU. han estado intentando reducir lo más posible las consecuencias macroeconómicas de la crisis financiera de valores estadounidenses respaldados por hipotecas... por sobre todo, intentan evitar una profunda depresión.

Además, han tenido tres objetivos secundarios:

Mantener la mayor parte posible de la actividad económica en manos del sector privado, para asegurar que lo que se produce es lo que los consumidores realmente desean.

Evitar que los príncipes de Wall Street que nos llevaron a la crisis se beneficien del riesgo sistémico que crearon.

Asegurar que los propietarios de viviendas y pequeños inversionistas no absorban demasiadas pérdidas, ya que su único “crimen” fue aceptar malos riesgos, lo que no habrían podido hacer en un mundo de carteras adecuadamente diversificadas.

Hoy está claro que la Fed y el Tesoro perdieron el juego. Si se va a evitar la depresión, tendrá que ser con el trabajo de otras ramas del Gobierno, con otras herramientas y poderes.

Origen del fracaso. Pienso que, en último término, el origen del fracaso en la contención de la crisis se hallará en el excesivo énfasis en los primeros dos objetivos secundarios: poner límites a los príncipes de Wall Street y mantener en manos privadas la toma de decisiones económicas. Si la Fed y el Tesoro hubieran dado a estos objetos su peso adecuado, es decir secundario, sospecho que no estaríamos en este lío y que el peligro de una depresión global todavía estaría lejano.

El deseo de evitar que los príncipes de Wall Street se beneficien de la crisis se reflejó en la decisión de la Fed y el Tesoro de dejar que Lehman Brothers colapsara en una bancarrota descontrolada, sin supervisión ni garantías. La lógica tras ello fue que, en momentos previos de la crisis, los accionistas de capital habían recibido un gran castigo cuando se juzgó que sus firmas eran demasiado grandes como para caer. Esencialmente se había confiscado las posiciones de propiedad y todos los fondos de loa accionistas de Bear Stearns, AIG; Fannie Mae y Freddie Mac, todo por unos cuantos peniques.

Sin embargo, esto no fue así para los titulares de bonos y las contrapartes, quienes recibieron pagos por el valor completo. La Fed y el Tesoro temieron que la lección que se les enseñaba en la última mitad de 2007 y la primera de 2008 era que el gobierno de EE. UU. garantizaba todas las deudas y las transacciones de todo banco y entidad similar a un banco que se considerara demasiado grande como para caer, y eso –creían la Fed y el Tesoro– no podía ser saludable.

Las entidades que prestan a instituciones superapalancadas de muy gran tamaño tenían que tener algún incentivo para calcular los riesgos, pero eso requería, en cierto punto, permitir que algún banco cayese, y persuadir a algunas de las contrapartes y titulares de deuda que la garantía del gobierno de apoyar instituciones demasiado grandes no era algo que se pudiera dar siempre por sentado.

Un gran error. En retrospectiva, eso fue un gran error. La amplia red de relaciones financieras que existía en el verano de 2008 era el resultado de millones de cálculos de que el gobierno estadounidense garantizaría la deuda no respaldada de cada banco y entidad similar de un banco de muy gran tamaño en los Estados Unidos. Esa garantía se vio rota con el colapso de Lehman Brothers, con lo que cada institución financiera buscó de inmediato adquirir un colchón de capital mayor para evitar la necesidad de recurrir al apoyo del gobierno, pero le resultó imposible hacerlo. La bancarrota de Lehman Brothers creó una demanda extraordinaria e inmediata de capital bancario adicional que el sector privado no pudo proporcionar.

En este punto el Tesoro cometió el segundo error. Puesto que intentaba mantener en manos privadas al sector privado, buscó evitar la nacionalización parcial o completa de los componentes del sistema financiero que se consideraban demasiado grandes como para caer. En retrospectiva, el Tesoro debería haber identificado todas esas entidades y comenzado a comprar acciones comunes en ellas –le gustaran o no– hasta que la crisis pasara.

Socialismo limón. Sí, es lo que se podría llamar “socialismo limón” (el subsidio al débil), que crea grandes peligros en cuanto al control de las corporaciones, representa una amenaza de corrupción a gran escala, y establece un precedente de intervención que podría ser muy dañino en el futuro.

Sin embargo, ¿habría sido eso peor que lo que enfrentamos hoy? No haber sacrificado el objetivo secundario de mantener privado el sector privado significó que la Fed y el Tesoro perdieron su oportunidad de lograr el objetivo principal, que era evitar la depresión.

Por cierto, todos somos generales después de la batalla, pero ahora se tendrá que intentar evitar la depresión a través de la tradicional receta de política fiscal keynesiana: el Gobierno deberá asumir un papel directo en el impulso del gasto y decidir los bienes y servicios para los que habrá demanda.

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