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PolígonoFernando Durán Ayanegui | ferduraya@racsa.co.cr |
Químico
En Las benévolas , obra de J.Littell que no sabemos si llamar novela o reportaje, el doctor Maximilian Aue, oficial alemán de las SS, jurista culto y refinado, relata cómo él mismo, en el transcurso de la batalla de Stalingrado, se va sumiendo en una progresiva situación de miseria que –ha de pensar el lector– haría preferible ser prisionero en un campo de concentración nazi. Uno de sus peores tormentos es la suciedad corporal, que se materializa ferozmente en una miríada de piojos y de la que no tiene la menor oportunidad de desembarazarse. Los bichos comienzan siendo pocos, tal vez dos, tal vez cinco, al principio sus picaduras son tolerables, diríase que normales, pero llega el momento en que el orgulloso oficial de la máquina de guerra más poderosa de Europa se convierte en una desesperada pústula viviente incapaz de reconocer cuándo comenzó a ser obvia la anormalidad de su condición: ¿cuando lo habían invadido tres bichos?, ¿cuando lo atacaban 300?, ¿cuando…?
Se plantea aquí una cuestión que vale tanto para el individuo como para la sociedad: ¿será cierta aquella sentencia de Carnegie según la cual “a nadie le ocurre nada que no pueda soportar”? Pregunta de rigor cuando en un país cualquiera salen multitudes a las calles a protestar contra la violencia delictiva. En la mayoría de los casos todo se reduce a expresar una consiga de ¡basta ya!, que no se sabe si va dirigida al gobierno o a los delincuentes, y no se menciona el Estado porque, en teoría al menos, el Estado somos todos y en tal caso la consigna carecería de sentido.
El meollo del problema no está en que determinada sociedad haya sido infestada por una plaga de delincuentes, sino en que, como los seres humanos tendemos a aceptar como inevitable todo aquello que no alcanza a aniquilarnos, nadie haya sido capaz de percibir en qué momento ni de qué modo la plaga se tornó virulenta. No hablamos de bichos en un cuerpo humano, sino de humanos en el cuerpo social, y un error básico ha sido aceptar que son distintas la delincuencia común, cuya violencia es observable, se da a la luz del día, y la delincuencia “impune”, que se organiza solapadamente, tiene poder y es tanto o más devastadora que la otra. Es decir que, consagrando una diferencia entre piojos desvalidos y poderosos, la sociedad ignora que, al desestimar la capacidad persuasiva del buen ejemplo, la capacidad represiva de la fuerza que el Estado tiene en sus manos resulta inútil; que, si recursos como la acción judicial expedita van dirigidos contra los bichos de la entrepierna y no contra los de la cabeza, nunca se acabará con la plaga.
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