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Costa Rica, Viernes 21 de noviembre de 2008

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Julio Rodríguez | envela@nacion.com

En Vela

Piso tierra prohibida, quizá, minada. Me exculpa, con todo, mi condición de novicio. Siempre resulta ventajoso reconocerse ignorante. No tiene uno la responsabilidad de los que saben.

Dicho esto, digo. Gonzalo Castellón, abogado penalista y tenor lírico, exaltó en su Crítica de ópera, el domingo pasado, en La Nación , las voces egregias de Plácido Domingo, Iride Martínez y Nancy Fabiola Herrera, y arremetió contra otras cosas. Comienza diciendo que, desde hace 10 años, había afirmado que “el órgano vocal de Plácido era el que mejor había resistido los embates del tiempo”. Ya ve. Lo que todos sabían, los ticos lo volvimos a comprobar de visu et de auditu. Valió la pena. Luego, agrega que “la forma en que el público se enfrentó por fin a este fenómeno… no fue la más adecuada”. ¿Por qué? Por haber sido este “un concierto variopinto”. Habría que verlo “en uno de los 200 y más roles operáticos que ha interpretado”.

El propio Plácido Domingo desmiente esta conclusión, puesto que uno de sus méritos ha sido poner la gran música, operática o popular, al alcance del pueblo. Sacarla de los excelsos teatros y llevarla, como esa noche, al Estadio Saprissa. Esta diferencia espacial obliga, entonces, a un enfoque diferente. Me agradaría ver a Messi en el Nou Camp, en Barcelona, pero no por ello criticaría a los aficionados que “se enfrentan” con este fenómeno en el Cuty Monge, en Desamparados. Critica igualmente “las pifias monumentales de la orquesta”, que mi ignorancia no percibió, pero encomia la grandeza de las voces, que nos “embelesó”.

Afirma que Luna liberiana y Pasión (tan ticas) “fueron interpretadas sin pena ni gloria, aunque con obvio agradecimiento del público”. Yo diría que con delirio, quizá por nuestra ignorancia, que no logró distinguir entre “la pena y la gloria”. Agrega que, “ante nuestros ojos atónitos ingresó un mariachi que acompañó a Domingo con tres o cuatro de las más empalagosas rancheras del repertorio, en un lamentable episodio que debió pasar al olvido”, y que el crítico opone “a la Lírica mundial”. La comparación es funesta.

El repertorio fue escogido por expertos y aceptado por el propio Plácido Domingo, a quien le fascinan las “empalagosas rancheras” y las zarzuelas, que ha cantado por todo el mundo, pues uno de sus méritos –insisto– es acercar la música al pueblo. ¿Cuál fue el pecado? Y para el mariachi tico este fue su cuarto de hora de gloria en la vida, tan hondo como para una joven tica tocar flauta traversa, con la Orquesta de las Américas, este 26 de noviembre, en la Capilla Sixtina, en el Vaticano. Cada cosa en su lugar.

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