Página QuinceMiguel Martí | mmarti_16@hotmail.com |
Periodista y consultor en comunicación
En las filosofías orientales se enseña desde hace siglos: todos somos uno. La globalización ¿tiene relación con ese principio? Como casi todo en la vida, la respuesta depende de la definición. La mayoría de ellas enfatizan el aspecto económico y apuntan a señalar que, de manera creciente, las economías de los países son interdependientes.
Me parece que las definiciones de ‘globalización’ que solo se centran en la interdependencia económica son parciales. También las que tienden a equiparar la globalización con las relaciones internacionales.
Una vez escuché a alguien decir que la globalización empezó con Marco Polo. No coincido. Con ese criterio podríamos decir que en realidad comenzó con Alejandro Magno. Intercambios entre pueblos y naciones han existido casi desde los albores de la humanidad; pero la globalización es algo distinto y es muy reciente.
En un solo lugar. Me encontré con otra definición que me pareció genial, propuesta por un profesor sueco: “La globalización es el proceso mediante el que el mundo se convierte en un solo lugar”.
Desde la primera vez que la vi, me asombró por su sencillez y su profundidad. Apunta a procesos que incluyen, pero trascienden, lo meramente económico.
En virtud de la globalización, todos vamos ahora a estar en el mismo lugar. La categoría es espacial, no económica, pero espacial en un sentido mucho más profundo que el geográfico.
Por una parte, podemos decir que, si todos estamos en el mismo lugar, entonces nadie está “en otro”. No hay foráneos, no existen extranjeros; nadie está “fuera”; todos estamos “dentro”. Todos somos compatriotas (o complanetarios). Implica que todos compartimos el mismo lugar; es decir, debemos aprender a vivir juntos; no solo como vecinos, sino como habitantes de la misma casa.
Para retomar lo dicho antes, Marco Polo estaba en un lugar –Italia– y viajaba y comerciaba con gentes que estaban en otro lugar –China–.
Antes de la globalización, Noruega y Nicaragua, Bhután y Brasil, Rusia y Ruanda estaban en lugares distintos. Ahora están en el mismo. El tipo de relación que la globalización va construyendo es más profunda que el mero intercambio comercial. Es mucho más que comerciar; se trata de convivir.
Imagínese que, en su propia casa, tenga que convivir con chinos, egipcios, húngaros, bolivianos, australianos, malasios y ticos.
No cabe duda que la convivencia implicará un difícil aprendizaje. Tendrán que darse múltiples conflictos e innumerables malentendidos, hasta que, poco a poco, empezarán a encontrar lo que tienen en común; a respetar y tolerar lo que tienen de diferente; y poco a poco se pondrán de acuerdo en las normas básicas que todos deberán observar.
Antes era quizá más fácil. Yo me asomaba a la ventana y, desde la seguridad de mi casa, podía observar, con disgusto o con placer, cómo vivían mis vecinos. Podía salir de mi casa, ir a la de ellos, tomar un café y, a pesar de las diferencias, podía estar tranquilo porque sabía que podía regresar a la seguridad de mi hogar; a lo conocido, a lo mío.
El patriotismo trasnochado desempeña esa función hoy en día. Conforme se va haciendo más evidente que “otros”, están entrando a vivir a mi casa; me aferro al recuerdo de lo que fue en el pasado, cuando yo estaba solito dentro de ella, sin sentirme amenazado. Idealizo lo que fue “mi hogar” (la patria, la etnia, la religión, la ideología, etc.) para intentar justificar mi deseo de expulsar a los “extraños”.
Vivir juntos. Otra alternativa es redefinir, ampliándolo, el concepto de “casa”. Ahora no es solo “mi” casa, es la nuestra, la de todos. Parafraseando a Sartre, podemos decir que, en virtud de la globalización, estamos condenados a vivir juntos. La suerte de uno se decide en la suerte de los otros.
Cada quien acude a su individualidad para enriquecer la interacción con los demás; no para imponer la propia y descalificar las otras.
Ni la principal potencia del mundo pudo sustraerse a esta creciente realidad. Su fallido intento de unilateralismo no sirvió para solucionar ni uno solo de sus grandes problemas. Por el contrario, los agravó.
Aún estamos en las etapas iniciales del proceso de aprender a convivir en el mismo lugar. Son momentos de conflicto y de malentendidos, pero existe un vector histórico que parece irreversible: finalmente aprenderemos a respetarnos y a construir en conjunto las normas que a todos nos contengan y nos expresen. Ir forjando la unidad en la diversidad, sin anularlas mutuamente.
Dice Kenichi Omahe que los artistas, poetas y escritores a menudo prevén intuitivamente el futuro. En relación con este tema no pude menos que recordar al argentino Jorge Luis Borges y su clásico cuento El Aleph .
En el sótano de una casa de la calle Garay en Buenos Aires aparece un Aleph. ¿Y qué es un Aleph? Es un punto que contiene todos los puntos del universo.
Gracias a la globalización humana, social, cultural, política y económica todos los puntos del mundo, poco a poco, convergen al mismo lugar. ¿Estamos en proceso de ser uno?
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