LN OPINIÓN

Costa Rica, Domingo 16 de noviembre de 2008

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Fernando Araya | consulfe@hotmail.com

El cínico disfraz de la codicia

 Ni Estado propietario ni mercado perfecto

En estos días es común hablar de “ refundar el capitalismo sobre bases éticas ”, de lo contrario, se dice, el mundo que saldrá de la crisis económica será peor que el de antes. Se trata de una afirmación contundente, pero muy general, por ejemplo, ¿De qué capitalismo se habla? Acaso de uno a la francesa o algún otro fraguado al estilo alemán, italiano, español, estadounidense, británico, chileno o japonés. ¿Y de que ética? ¿De alguna que proponen los políticos? ¿La que inspira las relaciones humanas en el mundo del trabajo y de la empresa? ¿O acaso una combinación entre ambas? La idea de reinventar el capitalismo, si no se responde a preguntas como estas, se convierte en una consigna que sirve para cualquier cosa, incluso para que unos pocos impongan su particular visión del capitalismo futuro. Conviene recordar, a este respecto, que las sociedades no cambian sobre la base de buenos discursos, sino en virtud de las decisiones y acciones de millones de seres humanos, cuyas experiencias generan transformaciones bastante más profundas que la mejor de las retóricas.

I. “Una planta vieja y mutante”. El capitalismo, por ejemplo, es una “…planta vieja y mutante…” (González Urbaneja), cuyo funcionamiento se origina en las interacciones que miles de millones de personas establecen al trabajar, comerciar, producir, hacer cultura, educarse. Es este un proceso de reinvención continua donde resultan cardinales la creatividad y la autonomía de los individuos, lo que permite alcanzar elevados niveles de innovación. En este mismo instante, cuando usted lee esta página, se está produciendo un número gigantesco de decisiones y acciones que generan cambios importantes en el sistema.

II. La iluminación imposible. ¿Qué persona es capaz de conocer toda la información requerida para diseñar la combinación exacta de las relaciones humanas que al entrelazarse transforman la sociedad? Ninguna. Semejante iluminación es imposible, para alcanzarla se requiere creer en la existencia de individuos que conocen todos los conocimientos y todas las experiencias de todos los seres humanos en todos los tiempos. Pero eso significa que tales criaturas serían dioses eternos y omnipresentes, rasgos que, gracias a Dios, ningún ser humano disfruta, si bien algunos creen tenerlos. Es clara la imposibilidad de refundar el capitalismo apelando al supuesto conocimiento absoluto de un puñado de iluminados, lo más probable es que el sistema este siendo reinventado en este momento a una velocidad inimaginable y en los lugares más insospechados, mientras algunos ideólogos se disponen a invertir décadas de su tiempo y, si pudieran, siglos, discutiendo como pueden ellos inventarlo.

III. ¿Qué dice la historia? No todo, por supuesto, pertenece a ese ámbito de incertidumbre positiva y creatividad donde las sociedades cambian. Existen en nuestro tiempo algunos hechos ciertos y significativos, verificados en la experiencia. Ahora sabemos, con más claridad que las generaciones anteriores, no solo que el Estado es un mal economista y que la evolución social no puede planearse desde oficinas gubernamentales, corporativas o transnacionales, sino también que, cuando la economía se convierte en el subproducto de un casino especulativo, la ética languidece en la codicia y el egoísmo. Conocemos que un capitalismo sin estado se devora a sí mismo, y que un estado estatista esclaviza a las personas. La principal lección de los últimos ciento cincuenta años es la siguiente: Ni Estado propietario ni mercado perfecto, en los puntos medios entre estos extremos las sociedades democráticas se reinventan.

IV. Anarcocapitalismo. Existe, además, otro hecho decisivo. Detrás del desplome de las finanzas globales, se derrumba el pensamiento anarcocapitalista (ultraliberalismo libertariano), que proclamó el advenimiento de un paraíso mercantil y financiero al que todos podían tener acceso, exceptuando –decían– los inadaptados y fracasados. En apoyo a tal utopía se esgrimieron tres postulados: primero, los agentes económicos tienen un conocimiento completo de todas las variables involucradas en el funcionamiento de los mercados; segundo, no existen obstáculos (barreras de entrada) para que cualquier persona participe en transacciones económicas, y, tercero, los mercados evolucionan hacia el equilibrio general y perfecto de todo el sistema económico, razón por la cual se les debe dejar actuar sin interferencia pública. Los contenidos de estos planteamientos no son aplicables, por la sencilla razón de que en la vida cotidiana operan variables que los desmienten (desigualdades sociales, ineficiencias culturales, distorsiones psicológicas, corrupción, imperfecciones económicas, disfuncionalidades éticas).

V. ¿Y América Latina? El pensamiento anarcocapitalista, dado el carácter irreal de sus postulados, favoreció, en la práctica, intereses plutocráticos protegidos por el poder político, el cual termino participando de los negocios o volviendo la mirada hacia otros parajes, mientras dejaba a los especuladores disfrutar de su paraíso. De este modo el anarcocapitalismo se reveló como el cínico disfraz de la codicia, que en algunos países de América Latina, al mezclarse con la corrupción, la feudalización del Estado y la mediocridad generalizada, benefició al despotismo neopopulista y neoestatista, cuyos representantes hablan de amor, patriotismo, solidaridad y desarrollo, pero se oponen a la modernización, cultivan el odio y profundizan el estancamiento y la postración. Es una situación paranoica. Resulta imperativo aprender las lecciones y construir una nueva mayoría democrática, sin dogmas y sin paranoias ¿Será posible? ¿Contamos con los liderazgos capaces de hacerlo o, por el contrario, sobrevendrán fanatismos que continúen polarizando a las sociedades, contaminándolas de odio y exigiendo adoración y sacrificios?

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