LN OPINIÓN

Costa Rica, Domingo 16 de noviembre de 2008

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Polígono

Fernando Durán Ayanegui | ferduraya@racsa.co.cr

Ejemplos

químico

Hace 56 años, en San José, un ciclista atropelló a quien, por azar, en aquel momento era el Presidente de la República y se llamaba Otilio Ulate. Aquello originó la noticia más importante que dieron sobre Costa Rica, en muchos meses, los principales diarios del hemisferio occidental, y dado que don Otilio no sufrió más daño que una remediable fractura, la prensa internacional informó del hecho sin excesivo dramatismo, aunque sí dedicó muchos comentarios a la ejemplar civilidad de un país en el que un gobernante, para ir a su lugar de trabajo, se desplazaba a pie, expuesto como cualquiera a los peligros de la circulación urbana. (En Cuba, donde hacía poco el jefe del ejército, Fulgencio Batista, había derrocado al Presidente Carlos Prío, se publicó una caricatura en la que dos guajiros dialogaban: “¿Oíste?, en Costa Rica un ciclista arrolló al Presidente”. “¡Y eso qué, chico!, aquí a un presidente lo arrolló un tanquista”.) No recuerdo si el velocista fue llevado a algún tribunal, pero a pesar de que en aquellos días la policía no practicaba todavía la alcoholemia in situ, lo más probable es que el pobre hombre pedaleara en completo estado de sobriedad y, por lo tanto, no fuera obligado a abandonar su humilde puesto de trabajo.

Cuenta el filósofo polaco contemporáneo Adam Schaff, que siendo niño acompañó cierta vez a su padre en un viaje de trabajo a Varsovia y en el tren se encontraron con un amigo que a la sazón ocupaba una curul en el parlamento nacional de Polonia. Mientras conversaban se presentó el inspector a pedirles que le mostraran los boletos y, por alguna razón, los pasajeros debieron identificarse. Al notar que se hallaba frente a un diputado, el inspector, un hombre serio y maduro, tomó la mano del parlamentario y estampó en ella un beso.

Al tierno escolar aquello le pareció normal porque “en Polonia un diputado, sin que importara su partido, se consideraba honorable y era respetado por todos” y ya convertido en filósofo Schaff se pregunta si en la actualidad podría darse algo similar. La respuesta parece obvia y todo se reduce a un simple ejercicio de ironía. El digno empleado ferroviario rindió homenaje a quien consideraba su legítimo representante, aunque no hubiera recibido su voto, pensando que si alguna vez el legislador llegaba a encontrarse en una situación pública que pusiera en duda su integridad moral, no dudaría en renunciar, no solo a la inmunidad que tal vez ni existía en Polonia, sino a la misma curul; y que, de no hacerlo, sus compañeros de bancada se lo exigirían a gritos. Otros lares, otro tiempo, ¿otros mores?

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