EDITORIAL |
La corporación Latinobarómetro, instituto de investigación social con sede en Santiago, Chile, divulgó el viernes su esperado informe anual sobre las percepciones hemisféricas en torno a una serie de temas, y en él se pone de manifiesto que, entre el 2007 y el 2008, el porcentaje de costarricenses que consideró a la democracia como “preferible a cualquier otra forma de gobierno” bajó de 83 a 67, el mayor descenso en el hemisferio.
De este modo, pasamos del primer lugar el año pasado al quinto en la actualidad, por debajo de Bolivia, República Dominicana, Uruguay y Venezuela. Junto con el 2004, cuando el porcentaje fue igual, es el peor resultado desde que, en 1996, fuimos incluidos en el estudio. Los mejores, también con cifras iguales, se produjeron en el 2000 y el 2007.
Inquietante como es, esta fuerte baja no muestra una crisis nacional de adhesión democrática, pero sí un cambio que, a pesar de la volatilidad entre años de muchos datos del Latinobarómetro, debe ser tomado en serio. Además, se impone analizarlo junto con otros resultados para obtener una visión más integral de cómo nos sentimos y qué pensamos los costarricenses en torno a una serie de variables claves para nuestra convivencia y estabilidad.
Otros datos dignos de consideración son que la aprobación y la confianza en el Gobierno, con 45% y 35%, respectivamente, están varios puntos por debajo del promedio latinoamericano, y solo mejor que en otros seis países, Nicaragua, Honduras y Panamá incluidos. Aunque un sólido 70% dice que no puede haber democracia sin Congreso, solo un 27% tiene confianza en él, cinco puntos por debajo del promedio hemisférico. Algo parecido ocurre con los partidos: el 72% afirma que sin ellos no puede haber democracia (el tercer porcentaje más alto), pero apenas un 20% dice tenerles confianza, muy por debajo de El Salvador y hasta de Nicaragua.
En el lado más positivo está que, al preguntar no por la democracia en abstracto, sino sobre el grado de satisfacción sobre su desempeño en el país, el descenso fue solo de tres puntos: un44% satisfechos este año contra un 47% el pasado, el tercero mejor de América Latina, luego de Uruguay y Chile. Sin embargo, solo en el 2005 tuvimos un desempeño peor (39%).
Además, por un alto margen (42%) consideramos que nuestra democracia funciona mejor que en el resto de América Latina, y apenas un 9% dice que “peor”, con lo cual nos ubicamos en los tres mejores puestos, junto a los uruguayos y chilenos. Es decir, mantenemos una actitud crítica hacia adentro, pero sin perder la capacidad de valorarnos en un contexto latinoamericano dentro del que, sin duda, las condiciones de nuestro sistema político, económico y social están entre las mejores.
También existe una clara conciencia de que los regímenes democráticos garantizan una serie de libertades y derechos básicos, como de participación, propiedad y expresión.
Estamos en segundo lugar, tras Uruguay, en la creencia de que aquí todos somos iguales ante la ley; damos buenos puntajes a la honestidad del sistema judicial y a la Policía; tenemos buena confianza en la economía de mercado y en las empresas privadas (la sétima más alta), y un sólido 62% cree que lo más eficaz para cambiar las cosas es votar, frente a solo un 18% que responde “participar en protestas”. Además, en el promedio de respuestas entre 1996 y este año, nos calificamos, abrumadoramente, de “centro” y “derecha”, con solo un 11% autodefinidos como de “izquierda”.
Frente a tal diversidad de resultados, a los que habría que sumar muchos más sobre otros aspectos, queda en evidencia un fuerte –aunque algo debilitado– arraigo en los valores de la democracia, junto a una actitud exigente sobre lo que esta debe implicar en cuanto al desempeño de sus actores, la calidad de sus servicios y su capacidad para responder a las aspiraciones de la población. Es decir, pareciera que la disconformidad se dirige más hacia la ejecución que hacia el diseño o concepción del sistema.
La conclusión general es que gozamos de buena salud democrática, pero que esta no debe darse por descontada. Porque el Latinobarómetro revela cómo puede haber cambios profundos en apenas 12 meses. Y todos los que son negativos merecen rápida atención para frenar su deterioro y generar un aumento en la confianza y la adhesión ciudadanas de las que dependen nuestras instituciones. Frente a ciudadanos fieles, pero independientes y críticos, como revela el estudio, la pasividad es una pésima consejera.
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