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Página QuinceJacques Sagot | jacsagot@gmail.com |
Embajador de Costa Rica ante la Unesco
Foggia. Noreste de Italia. Pueblo Giovanni Rotondo. Iglesia de María de la Gracia. Vieja cripta adyacente a la parroquia. Ahí reposa, a la vista de los peregrinos, el cuerpo incorrupto del Padre Pío (1887-1968), capuchino canonizado en San Pietro de Pietrelcina por Juan Pablo II.
Estigmas en manos y pies confirmados por médicos; visiones extáticas, poder de sanación (se le atribuye la curación de parálisis, de ceguera y de los cánceres más insidiosos); transverberación (sangrado del corazón atravesado por la flecha de la piedad); bilocación (facultad de estar en dos sitios al mismo tiempo); fragancia de santidad; confrontaciones nocturnas con Satanás y su horda de “cosacos”; ayunos y privación de agua durante períodos de dos meses; taumaturgia (milagros diversos); apariciones constatadas por miles de personas. Paso por el mundo envuelto en el misterio y la controversia.
Creencias. Voy ahora a ser infidente conmigo mismo y a formularme una pregunta que, a decir verdad, no estoy ni mucho menos en el deber de contestar: ¿creo yo en el Padre Pío? No, no creo en él, como no creo, por principio, en ningún santo. Pero hay algo en lo que sí creo. Una facultad inalienable del ser humano. Creo en quienes creen en él. Los respeto profunda, sinceramente. Socavar la fe del ser humano es una de las acciones más viles de que un hombre es capaz.
Sí, creo en quienes creen, y creo también que la devoción (a Dios, a la belleza, a la patria, al ser humano) representa la forma más pura y profunda de la pasión. Me repito, que a nadie le ha hecho nunca mal la reiteración cuando se trata de un concepto axial, de algo que urge entender: la devoción es la forma más pura y profunda de la pasión.
Y ahora la miseria humana. A la salida de la cripta hay un tenderete en el que se venden (y a precios harto onerosos) medallones, rosarios, paraguas en los que se hace alternar la imagen del santo con el ícono publicitario de la Coca-Cola, t-shirts estampadas con el rostro del santo, relicarios donde podemos ver el noble rostro del Padre convertido en postalita, calcomanías grotescas…
Después de la compra y al emerger de la cripta, un cura bendice los artículos adquiridos, para conferirles más valor religioso y asegurarse de que los tiliches no sean a su vez revendidos. Algunas personas se abstienen de comprar, pero muchos –muchísimos– sucumben al furor consumista y se abalanzan sobre toda esta sucia parafernalia.
Hay tres momentos de los evangelios que me conmueven profundamente: la tentación de Jesús en el desierto, la duda y el reclamo en el umbral de la muerte (“¡Padre, Padre!, ¿por qué me has abandonado?”) y la expulsión a latigazos de los mercaderes del templo. Es cuando Jesucristo mejor encarna el tormento del hombre, cuando lo sentimos más próximo a las reacciones y a la conducta del ser humano, cuando se muestra, incluso, capaz de ira y de violencia.
Respeto a la devoción. ¡El Padre Pío en una t-shirt ! Faltó látigo, mucho más látigo para alejar para siempre a los mercachifles del templo. Hay una gran diferencia entre un auténtico peregrino y un turista de la religión. Lo económico no debe contaminar lo religioso. Al espíritu no le interesan los denarios, los euros o los dólares.
Aun cuando no se crea en ella, el respeto a la devoción de los demás es un imperativo moral. No hay nada en el mundo que me suscite tanto respeto como el dolor de aquellos que tocan a la puerta sabedores de que se les abrirá, de aquellos que llaman, seguros de que se les escuchará, de aquellos que no pierden la esperanza de que pidiendo se les dará. Los mercachifles modernos corrompen la fe, convierten un templo en un mall ad hoc . Para ellos mi censura, mi ira, y –¿por qué no decirlo?– mi absoluto desprecio.
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