LN OPINIÓN

Costa Rica, Martes 11 de noviembre de 2008

/OPINIÓN

María Elena Carballo

Costa Rica precolombina en Canadá

Ministra de Cultura y Juventud

La colaboración entre Costa Rica y Canadá ha producido un gran resultado: la exposición de arte precolombino “Costa Rica: tierra de maravillas”. Dos instituciones serias y de vocación colaborativa, el Museo Nacional y el de Pointe-à-Callière, la provocaron para ofrecer a los canadienses la primicia de piezas milenarias y extraordinarias, en correspondencia a su generosidad.

Emoción y orgullo. Acompañada de Rocío Fernández, directora del Museo Nacional, de Ricardo Vázquez (arqueólogo cocurador) y de Leidy Bonilla y Alexis Matamoros, del Departamento de Protección del Patrimonio Cultural del Museo, tuve una de las mejores experiencias vitales, a partir del momento en que divisamos el museo de la ciudad de Montreal, Pointe-à-Callière, cubierto por una enorme manta que dice “Costa Rica” y reproduce piezas indígenas. Actualmente, y hasta abril, Pointe-à-Callière alberga esta magnífica exhibición. Los ticos que fuimos a su inauguración compartimos un momento de emoción e intenso orgullo. Yo, orgullosa también del profesionalismo de los costarricenses que me acompañaron.

Nos acercamos a Canadá con los tesoros de nuestra cultura. El mundo nos ha conocido por nuestra biodiversidad; ahora nos conoce por la invaluable diversidad de nuestras culturas indígenas milenarias. ¡Qué mejor manera de aproximarnos a otros pueblos que con estas piezas de piedra, jade, oro y cerámica antiquísimas! La exposición es, además, una síntesis extraordinaria de nuestras culturas y sus intercambios. Muestra, con el mejor ojo artístico, piezas de una belleza extraordinaria, que revelan pueblos sensibles a la calidad funcional y estética de su trabajo.

Valores actuales. Curiosamente, la exposición nos habla de nuestros valores actuales. El equipo de trabajo binacional destacó dos asuntos que los costarricenses aspiramos a mantener y revitalizar permanentemente en nuestra cultura: la relación pacífica con la naturaleza y la relación, también pacífica, con los demás pueblos que comparten el mundo con nosotros. En esta muestra admiramos las creaciones artísticas de pueblos antiguos que, primero, armonizaron con su entorno natural y, segundo, se abrieron a la influencia de otros pueblos y recogieron elementos de sus culturas.

Nos maravillamos ante la flexibilidad de nuestros antepasados, poseedores de objetos útiles y bellos que suponen intercambios con otros pueblos lejanos y cercanos, en tradición de apertura al comercio. Que esto se haya hecho en tiempos remotos es un descubrimiento significativo que no puedo dejar de comentar, la apertura a la multiculturalidad de los costarricenses antiguos va al lado de su apertura al comercio, Canadá comprendió la relación armoniosa de nuestros ancestros con la riqueza de nuestra biodiversidad y su apertura ante los otros, precisamente por ser ellos, una nación que valora la riqueza de la biodiversidad y el intercambio con el mundo, y que abraza la diversidad cultural.

Se suma al tema de la diversidad el catálogo en español y francés. El lector de esta lengua tiene ahora acceso a una visión de nuestra arqueología rigurosa y bien editada, de asombrosa síntesis, documento único en francés, elaborado por las dos naciones. Los dos museos –Nacional y Pointe-à-Callière– excavan en busca de raíces de tiempos remotos, en los que fuimos separados y distintos, sin los contactos constantes, característicos de esta era de permanente interconexión.

Diferencias son vínculo. Buscamos rescatar nuestra diversidad ante las fuerzas que tienden a asemejarlo todo y a reducir la riqueza del mundo. Sin embargo, esta época que vivimos también nos facilita algo extraordinario: al volcarnos sobre nuestras raíces, las podemos compartir con el mundo y descubrirnos diversos e interconectados en la familia humana.

Las diferencias enriquecedoras que descubrimos en nuestros viajes al pasado no niegan nuestros lazos, ni el hecho de que nuestros pueblos tienden a interconectarse para sobrevivir y para vivir mejor. La destrucción de Macondo, en Cien años de soledad , la gran novela de Latinoamérica, de Gabriel García Márquez, se relaciona con su aislamiento, pero su inmortalidad, en el libro y en la cultura, resulta de su profunda originalidad y de la universalidad con que esta se comparte.

Esta exposición parece sugerir la guerra como inicio del declive de unas poblaciones antiguas. Pero la cierra una figura de un ser humano que piensa y descansa sentado, en una actitud de calma completa y digna ( El pensador lo llaman los canadienses). Interpretamos que este ser hermoso mira al futuro –y lo mira con tranquilidad– porque para él este armoniza con la naturaleza y se abre con confianza a los otros. No podemos dejar de ver, en esta figura sentada que mira hacia la lejanía, un llamado para nuestro futuro.

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