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Costa Rica, Viernes 7 de noviembre de 2008

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Nacion.com

Julio Rodríguez

En Vela

La campaña electoral en EE. UU., que culminó con la victoria –¿qué adjetivo utilizar?– de Barak Obama, nos ha dejado fruición de grandeza.

No me refiero al tamaño, a la cantidad, al poder de cualquier género, al estatus social, a la extensión de la propia influencia o de la fuerza coercitiva, y, mucho menos, a la megalomanía o sentimiento anormal de poder, sino a la grandeza moral, la grandeza de alma o magnanimidad de los antiguos. Grandeza fue cada párrafo del discurso de Obama en el Parque Grant de Chicago, la noche del triunfo, y la noble aceptación de la derrota de parte de McCain. Pequeñez, mezquindad, cobardía y decadencia son todo lo contrario. La grandeza moral no se inventa. Se mama o se conquista. No es una técnica. Es esencia, es el alma. “No existe ningún alma vil –enseñaba Alain– sino tan solo ausencia de alma”. En buen romance, los des-almados.

Obama dijo: “Opongámonos a la tentación de volver al mismo partidarismo y a la misma mezquindad que han envenenado nuestra política desde hace tanto tiempo”. Como aquí. “Y a aquellos estadounidenses cuyo apoyo aún tengo que ganarme, puede que no haya obtenido sus votos. Sin embargo, escucho sus voces, necesito su ayuda, y seré su presidente también”. Su homenaje a McCain fue, asimismo, grandeza pura. La lección está a la vista.

La grandeza moral no garantiza la solución de los problemas, pero representa la plataforma y un punto de partida imprescindible. La historia humana, también la nuestra, está llena de hombres y mujeres de esta talla, aunque la luz de los reflectores no haya recaído jamás sobre ellos. La grandeza silenciosa, muchas veces esculpida en el dolor, es tan admirable como la grandeza pública, aureolada de gloria, o bien, embestida por la infamia.

¿Cuál es el alma de nuestra política? La de sus dirigentes, laicos o eclesiásticos; la de los gobernantes, la de los diputados, la de los expresidentes, la de los intelectuales y profesionales, la de los educadores, la de los regidores, la de los alcaldes y los funcionarios... “No todo es política –dijo un día la Conferencia Episcopal de Francia–, pero casi todo pasa por la política”, como el agua –cristalina o contaminada– por el cauce de los ríos.

¿Tendrán los hacedores de la política nacional, en acto o in fíeri, conciencia de su responsabilidad? Esta es la cuestión básica. La antítesis de la grandeza moral es la mentira, el negativismo, la mezquindad, la envidia, la manipulación, el trinquete, el oportunismo, la doblez, el ego, los dos libros de contabilidad, el negocio fácil, la simulación... 2010 a la vista.

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