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Página QuinceEnnio Rodríguez | ennio.rodriguez@gmail.com |
Economista
Recuerdo un viaje en tren, a mis ocho años, durante el cual, con mi familia, crucé gran parte de los Estados Unidos. En una estación en la que nos correspondía hacer un cambio de tren, nos fuimos a una sala de espera. Desde otra sala, unas caras nos veían y hacían comentarios. Recuerdo una sensación indescriptible de pesadez en el ambiente. Alguien fue al baño. Eso pareció rebasar el vaso. Una señora se vino desde el grupo que nos observaba. Consternada, nos preguntó por qué nos quedábamos del lado de los negros.
No se me borran las miradas de angustia de mis papás. Mezcla de indignación y temor. La señora insistió hasta acompañarnos a la sección “blanca”. Esa pesadez hace que, en el recuerdo, hasta las salas de espera fueran oscuras y lúgubres. Era 1960, tiempo de la segregación. Hacía escasos meses había asumido John F. Kennedy. Luego vendrían los asesinatos de los hermanos Kennedy y de Martin Luther King, pero también el fin de la segregación.
El 4 de noviembre del 2008, Estados Unidos eligió al primer presidente con sangre negra. En su discurso de la victoria, Obama destacó, desde el inicio y en el cierre, la vigencia del sueño de los fundadores impreso en la Declaración de la Independencia. Conciencia histórica del momento. Su persona misma, en ese podio, encarna una promesa, un nuevo fruto de ese documento preñado de esperanza. Los valores impresos en la Declaración iluminando el futuro distante.
El renacimiento de la democracia, incubado en Europa, encuentra una sólida y prometedora expresión en la democracia estadounidense. Sus indudables raíces griegas, reformuladas, entre otros, por John Locke, fueron profundizadas y embellecidas por la pluma de Thomas Jefferson en la tremenda afirmación de unas verdades evidentes de derechos inalienables: vida, libertad y la búsqueda de la felicidad.
Para Locke, estas eran vida, libertad y propiedad, pero la inspiración poética de Jefferson y la defensa oportuna de Benjamín Franklin produjeron la joya conocida. Locke inisiste en los golpes ( coups ) de restauración cuando el Gobierno deja de responder a estos valores. De aquí, la justificación de la independencia frente al dominio inglés.
Llamado a la unión. Eran tiempos de profunda división entre el norte y el sur que estallan, en tiempos de Lincoln, en la Guerra Civil. Triunfa la unión frente a la segregación. Otro resultado es la emancipación de los esclavos negros. Lincoln se asienta en la Declaración de Independencia e introduce la noción de que una casa dividida no puede subsistir.
Obama, en su día, cita a Lincoln en un nuevo llamado a la unión, no ya entre los estados, sino a la unión de la diversidad: jóvenes y viejos, demócratas y republicanos, blancos, negros, latinos, asiáticos, indoamericanos, homosexuales, heterosexuales, con discapacidad y sin discapacidad.
Un nuevo sentido para Estados Unidos de América. Un nuevo golpe de restauración, de acuerdo con Locke, vigencia de los potentes faros de las verdades evidentes de la Declaración de Independencia. Invoca en su silogismo, a la votante negra de 106 años y su vida como promesa y posibilidad de cambio. El lema de su campaña: “El cambio en el que podemos creer”.
Cierra su discurso con su contribución histórica al afirmar como verdad fundamental que “de muchos, somos uno” o, tal vez, de la diversidad, la unidad.
Una nación dividida, que parecía haber perdido el rumbo internamente y en el concierto internacional, elige una persona que encarna el cambio y que, por el color de su piel, hace tan solo pocas décadas, no hubiese podido siquiera votar.
Obama hoy responde, anclado en las más profundas raíces de su gran nación, con un nuevo y redefinido llamado a la unión. Democracia, valores y esperanza de un pueblo y su líder. Crisis económica, guerras y terrorismo serán parte del entorno desafiante. Esperamos que se materialice el golpe de restauración.
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