Costa Rica, Jueves 29 de mayo de 2008

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Fernando Guier

50 años de abogado

 Juramentarse de abogado es comprometerse con una pasión

Abogado

Hace medio siglo, estimables condiscípulos nos juramentamos de abogados. Ustedes, apreciables colegas jóvenes aún, se juramentaron hace un cuarto de siglo. Hay que distinguir dos momentos cruciales: la juramentación en este colegio, y antes recibir el título de Licenciado en Leyes. Nos entregó el título el rector Rodrigo Facio quien, con su habitual ironía, nos dijo: “Ahora sí van a aprender Derecho porque lo aprenderán con sangre”.

La licenciatura demuestra que estudiamos Derecho, desde sus pilares cardinales en la Constitución Política, la rapidez de las transacciones comerciales en el Derecho Mercantil y la sutil construcción lógica del Derecho Civil, entre otros.

Una noble pasión. La juramentación de abogado es otro acto, distinto al puramente intelectual de recibir un título de capacitación académica. Juramentarse de abogado es comprometerse con una pasión.

Esa noble pasión, dijo Calamandrei, debe ser siempre consciente y razonable; tener dominados los nervios para responder a la ofensa con una sonrisa, y dar las gracias con una suave inclinación de cabeza al presidente autoritario del tribunal que nos priva del uso de la palabra.

Hablando de pasiones, refiero la ejemplar enseñanza del abogado más perseverante que he oído en mi vida: el francés Jacques Isorni. Fue el defensor de los hombres de la Resistencia durante la ocupación alemana y, después de la liberación, el defensor del mariscal Pétain, acusado de traición a la patria por su actuación en el gobierno provisorio de Vichy.

Perdió el caso, pero siguió luchando para exhumar los restos del Mariscal enterrados en la prisión donde lo encarcelaron hasta el día de su muerte, para llevarlos a los campos de Verdun a darles sepultura entre los héroes que él llevo a la victoria en la I Guerra Mundial.

Contra el poder. Luego defendió a los acusados en los procesos de Argelia, despertando las iras del General de Gaulle y se le despojó de su toga. La más excelsa lección que nos dio es que el abogado debe luchar contra el poder. Hay que hacerle comprender al dogmático juzgador las circunstancias que favorecen al acusado: la miseria, el amor, el enardecimiento, los malos ejemplos y las tentaciones superiores a nuestras fuerzas, las taras recibidas antes de nacer y las injusticias de la sociedad, la conspiración inexorable de los acontecimientos, la cólera y la legítima defensa, los demonios de la juventud y los demonios de la vejez, todo cuanto hace al hombre un ser libre a medias, y del culpable un ser responsable solo a medias.

Eduardo J. Couture decía en sus mandamientos que el día más significativo de un abogado es, respondiendo a la pregunta de un hijo, cuando le aconseja hacerse abogado. Es difícil aconsejar el ejercicio de esta profesión de querellas, trances acongojantes e imprevisibles, deslealtades, esgrimas con la contraparte, el juez y a veces con los clientes, cometiendo errores en la desesperación de la lentitud judicial.

Este quehacer, al amanecer dirigiéndose a la sala de debates o haciendo fila para estudiar un expediente, deja en el alma sonrisas de triunfo y cicatrices de derrotas. Olvídenlas, no son buenas compañeras.

Prefiero el logotipo de Calamandrei estampado en la primera página de un libro suyo. La clásica balanza de la justicia; en un platillo, un voluminoso código y, en el otro platillo, simplemente una rosa, en cuyo favor se inclina la balanza. Es la protección, ya no del Derecho, sino de la Justicia. Sabiendo las amarguras que puede tener el ejercicio de la abogacía, saludemos a los abogados con los versos del coro que dirige Wilhelm Meister en la novela de Goethe: “Sé bienvenido, novicio de la juventud. Sé bienvenido con dolor”.

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