Costa Rica, Domingo 18 de mayo de 2008

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Fernando Durán Ayanegui

Paidopolítica

químico

La parábola me llegó tarde, en mi edad adulta, pero creo que al cabo me ha sido provechosa. Estudiaba en Bélgica y mis pequeñas hijas ya tenían edad suficiente como para ilusionarse con la llegada de la navidad. Por puro accidente, aquel año habíamos alquilado una casa lo suficientemente grande como para que en ella pudieran celebrar la fiesta de nochebuena los retoños de varias parejas de estudiantes latinoamericanos. Alguien sugirió que, para la ocasión, los mocosos recibieran sus regalos de manos de Santa Claus. Pese a la certeza de que mi pinta no daría nunca para ser un Santa más o menos creíble y de que mi papel solo podía ser el de Baltasar en una representación de los Reyes Magos, y gracias a la creencia de que, como les ocurre a los electores demócratas de Florida, los niños menores de siete años toleran cualquier fraude, sucedió algo tan inimaginable como que me tocara disfrazarme de noruego gordo y risueño.

Conforme iban llegando los infantes, se les informaba que el hindú con barba postiza y con una gran barriga rellena con bodoques de papel periódico era nada menos que Santa Claus, y todos los pequeños aceptaban sin chistar, como en las democracias caribeñas, el al parecer inofensivo engaño. Todo anduvo a la perfección mientras no llegó, en compañía de sus padres y su hermano Sebastián, un argentinito de los demonios, con cara de malevo en ciernes, que se llamaba Martín. Apenas su mamá le dijo “che, Martín, mirá que ahí está Santa Claus”, el minúsculo bonaerense con aires de Maradona enano me dirigió una mirada de burla y se dedicó a dar vueltas a mi alrededor repitiendo machaconamente: “Che, Santa, vos te parecés a Fernando”. Por un momento pensé que el futuro hincha del River me llevaría más bien a disfrazarme de Herodes, pero en aras de la momentánea felicidad del resto de aquella encantadora chusmita para la cual lo único que contaba era que el Santa Claus sarraceno abriera su saco y comenzara a repartirles regalos, me acerqué a Borges con babero, le despeiné paternalmente la sabiola y le susurré con hipócrita amabilidad: “Mirá, Martincito, si parás de decir que me parezco a ese tal por cual de Fernando, te doy a vos el mejor regalo”.

La oferta de soborno funcionó con Dominguito Perón y cada vez que recuerdo aquella nochebuena más seguro estoy de que Martín no era el único en saber “cómo andaba el tamal”. Solo que a los demás gritoncitos no les importaba pasar por bobos con tal de recibir sus presentes, mientras que, como les ocurre a veces a los vivillos, Martín fue el único engañado, pues no creo haberle añadido nada a su regalo.

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