Costa Rica, Viernes 16 de mayo de 2008

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Damaris Fernández | endama@racsa.co.cr

Entre la Carmen, la Lola y la María

 María, nombre máximo en el espíritu cristiano, tiñe de gracia todo el feminismo latino

Presidenta de Flamencos de C. r.

En la literatura española se dan tres mujeres perfiladas por la cultura romántica, nacidas entre 1830 y 1847. Se trata de la granadina Carmen, quien figura en la obra “Cuentos de la Alambra”, de Washington Irving; de la profesional bailaora y experta Carmen del ensayo “Un Baile en Triana”, de Serafín Estébanez Calderón y de la libertaria y apasionada Carmen, de Merimée-Bizet. Cada una de ellas representa una etapa y un concepto de la mujer española de su época. Sutil y humilde, recatada y virtuosa la de la Alhambra; fogosa y sensual la destacada en el baile trianero; y defensora de la libertad y el arrebato la que conocemos en la ópera.

La mítica Lola. Unida a estas singulares Cármenes está la figura de la mítica Lola, cuyo nombre original fue Dolores Peinador Narvón, oriunda de Calatayud. Su nombre desencadena la literatura de las “Lolas” desde la madrileña copla que en 1880 ya cantaba: “La camisa de la Lola /un chulo se la llevó / la camisa ha aparecido /pero la Lolita no” hasta la aparición de la Jota de la Dolores y los comúnmente llamados “romances de ciego”, donde las coplas cantadas al aire libre eran repartidas en hojitas desplegadas en cordeles para lectura del espectador.

Tanto la Carmen como la Lola fueron precisamente representativas de un modelo a quien mencionar, de una mujer distintiva de su tiempo y de su cultura. Sucedió lo mismo en otras regiones, y, en América, María es nuestra referencia.

María. Llamar a una persona por su nombre puede desatar el mágico encanto del encuentro, encontrarse con aquella parte íntima de su ser que está irradiada por el áurea de las letras que la conforman. Es como poseer sus secretos, entrar en la intimidad de su diario vivir. Viene siendo el nombre una carta de presentación, un entregar discretamente la llave para abrir la puerta a la personalidad que reside dentro. Llamar a una persona por su nombre puede significar el deseo de entablar una relación, establecer el diálogo de la palabra y el puente hacia el conocimiento. Deberíamos preguntarnos si se ajusta a nuestra persona el nombre que llevamos y si, cuando nos llaman, nos sentimos íntimamente aludidos.

Con muchos de los nombres actuales nos sentimos desheredados. Sentimos que mencionamos ampulosos y extraños patronímicos que quizá fueron dados con el enorme deseo de sobresalir, o recordar gestas heroicas, las cuales el propio dueño desconoce. Nunca nos preguntaron cómo queríamos llamarnos. Conocí a una noble señora que por llamarse Caridad pensó que toda su vida debería estar teñida de actos heroicos y humanitarios. Los hay Victor Hugos y Césares, y tantos más en campaña de gloria y excelsos laberintos, como también nos sonroja el variopinto nombre de nuestros autobuses y camionetas, en un auténtico atentado contra el buen gusto y la lógica.

Algo tan pequeño como el nombre propio viene a constituirse en uno de los conceptos que más cargan sobre nuestras espaldas, muchas veces sin estar plenamente conscientes de que es el medio más próximo para identificarnos.

Feminismo latino. La ley de la María, nombre máximo en el espíritu cristiano, tiñe de gracia todo el feminismo latino. Con ese baluarte se inicia la nomenclatura de la tradición por el sí, la apuesta por lo máximo. Si bien María es Virgen y Madre, de pronto es bien común de sociedades y representa el trabajo, el pie de amigo, la presencia permanente en la evolución de la sociedad. Llamarse María tiene sentido social e histórico.

Llamarse María puede representar la transición entre lo que ha sido y puede seguir siendo la mujer en el mundo. Son Marías que han formado el conglomerado de la lucha por encontrar la propia identidad y continúan haciéndose y deshaciéndose con el paso del tiempo. En esta coartada intuimos a la renaciente María del siglo XXI, fortalecida en la raigambre del querer, sin vicios y sin espantos, aquerenciada con la tarea de su estirpe. Navega con su bagaje de presupuestos, presta en su valentía, buscando una razón para vivir. Navega, ligera de equipaje, como una ventana abierta al infinito, recogiendo sinsabores y pesares, guardando en su corazón los quejidos de los hombres, puliendo los resquemores y cubriendo los desamparos. Sentimos que es esa María de las Marías el sutil encuentro de los ecos sobre la humilde faz de la tierra.

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