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Daniel Soley Gutiérrez | daniel_soley@hotmail.com |
La ética del chicle...
¿Cuándo lo solidario y lo justo se convirtieron en léxico añejo de discursos insulsos?
Defensor Adjunto de los Habitantes
Uno de los términos más “estirados” y de conveniente utilización es el de la ética. En un sentido académico, es la llamada filosofía de la moral, entendida como el conjunto de normas que ordenan las relaciones humanas.
Para Aristóteles, la ética y la política tienen un vínculo inseparable. La primera desemboca y se subordina a la segunda, pues la voluntad individual debe plegarse a las de la sociedad, porque, en aras de la felicidad plena de la comunidad, ambas están completamente unidas. Por eso, la ética es un acto de voluntad humana individual que trasciende el ámbito de lo personal, alcanza lo colectivo y deriva luego en la ética o la moral públicas.
Separadas. Pese a lo dicho, resulta preocupante constatar que en la práctica se encuentran separadas una de la otra.
La política –desde el poder de lo público– camina por lugares que la ética desconoce del todo, porque es incapaz de distinguir en las tinieblas. Es aún peor cuando tal separación, jamás sospechada por el filósofo estagirita, deja de sorprender; ahora es cotidiana y hasta “normal” en algunas latitudes de la esfera pública.
De repente, con predilección entre el trópico de Cáncer y el de Capricornio –y tal vez por culpa de la globalización–, hay quienes no quieren que se vigile su desempeño en la institución que representan o en la que laboran; desdeñan los mecanismos y órganos de control, obviando que su salario viene de los impuestos del pueblo, que su deber es el de servir (no de servirse) y que deben informar de su gestión.
De pronto, pedir cuentas a una entidad pública se volvió un ejercicio de intromisión y no de transparencia en su labor. Los órganos de control dejaron de importar. Incluso, en algunas “repúblicas” no muy lejanas han sido desmantelados. Antaño garantía de democracia y legitimidad, hoy son vistos como piedras en el zapato o entorpecedores de procesos, que solo sirven si “no estorban” al progreso de un país impregnado de una ética del chicle, que se estira hasta donde convenga, cuando se trata de ver hacia dentro de la casa, o sea, a “los nuestros”, dando paso a un servicio público en el que cada quien se controla a sí mismo, tiene su propia ética, que se mide de acuerdo con el termómetro del sonrojo de cada artista o del momento en que los “pescaron”.
Seamos vigilantes. ¿Dónde quedaron los valores o enseñanzas como herramientas idóneas de conducta en el mundo real? ¿Cuándo lo solidario y lo justo se convirtieron en léxico añejo de discursos insulsos? ¿Por qué lo importante en nuestras vidas se invisibiliza frente al deseo de adoptar modelos carentes de espiritualidad y amor al prójimo?
Por responsabilidad, debemos ser vigilantes e insistir en educar para formar conciencias amparadas en la visión aristotélica, que entiendan al servicio público como una función que debe ejecutarse desde la ética, no solo propia, sino que trasciende a favor de la sociedad.
En esto no se puede fallar y menos claudicar. Debemos replantear el modelo y sustentar la labor formadora no solo desde la academia, sino recuperarla en el seno familiar. No podemos permitir que el desdén y la indiferencia se conviertan en una actitud generalizada, pues es evidente que no estamos calando hondo para que esta tendencia negativa, influenciada por el mínimo esfuerzo, se revierta y desaparezca.
Démonos a conocer a través de los hechos.
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