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Página Quince Giuliano Amato |
Europa paso a paso
Hace un año, pocos habrían apostado que la UE ratificaría el Tratado de Reforma
Giuliano Amato, exprimer ministro de Italia,, es presidente del Comité de Acción para la Democracia Europea (www.eui.eu/RSCAS/Research/ACED). Copyright: Project Syndicate, 2008. www.project-syndicate.org. Traducción de Kena Nequiz
Hace un año, pocas personas habrían apostado que la Unión Europea, aún en recuperación del trauma que significó el rechazo del Tratado Constitucional en 2005, estaría lista para ratificar el nuevo Tratado de Reforma, adoptado en diciembre pasado en Lisboa. Para algunos, el hecho de que el Reino Unido podría ratificarlo incluso antes que otros países tradicionalmente “proeuropeos” como Italia simplemente subraya la falta de iniciativas nuevas y audaces en el Tratado para acelerar la unificación europea. Pero están equivocados.
Es cierto que la insatisfacción impaciente ha sido el motor de la integración europea desde sus primeros años. Pero, como escribió Robert Schuman en su Declaración de 1950, Europa no se puede construir de una sola vez. Igualmente, Altiero Spinelli, otro de los padres fundadores de la UE, escribió hacia el final de su vida que sin europeos visionarios no habría Europa, pero sin estadistas pragmáticos los visionarios no habrían logrado nada.
Evidencias. Las deficiencias del Tratado de Reforma son evidentes. Abandonar el nombre de “Constitución” tal vez fue necesario para convencer a todos los Estados miembros. Pero la persistente incertidumbre en cuanto a la plataforma política común sobre la que se tendrá que apoyar la voz de Europa en política exterior no es igualmente necesaria. Además, el Espacio de Libertad, Seguridad y Justicia aún exige la unanimidad para las decisiones esenciales con respecto a la lucha contra el crimen y el terrorismo, lo que implica una lentitud desesperante. El Tratado tampoco hace lo suficiente para fortalecer la coordinación de las políticas económica y presupuestal de Europa.
Pero es igualmente evidente que, como establece la Resolución del Parlamento Europeo del 20 de febrero, “el Tratado de Lisboa representa una importante mejora de los tratados existentes, lo cual entrañará una mayor responsabilidad democrática y capacidad de decisión de la Unión”. La adopción de la legislación de la UE estará sujeta a un nivel de escrutinio parlamentario (tanto a nivel europeo como nacional) que no existe en ninguna otra estructura supranacional o internacional.
Además, los organismos como Europol y Eurojust también estarán sujetos a una vigilancia parlamentaria similar y el procedimiento presupuestal será más simple y democrático. La Carta de los Derechos Fundamentales de la UE será jurídicamente vinculante y la protección judicial de los ciudadanos se mejorará al facilitar su acceso al Tribunal de Justicia Europeo y ampliar su jurisdicción . La capacidad de la Unión como actor global se reforzará mediante la fusión del Alto Representante y el Comisario de Relaciones Exteriores y la creación de un servicio diplomático único.
Ventajas del Tratado. La lista podría seguir, pero ya tenemos razones suficientes para concluir que obtener lo más que se pueda del nuevo Tratado será lo mejor que la UE y sus Estados miembros pueden hacer. Ya se han inyectado los primeros ingredientes de una identidad colectiva común a la membrecía ampliada de la UE, que aún se caracteriza por posiciones, sensibilidades y expectativas distintas. Pedir que todos hagan más de lo que ya están ratificando unánimemente socavaría la frágil armonía de Europa.
No obstante, nada impide que grupos reducidos de Estados miembros busquen metas más audaces mediante acuerdos independientes, si su confianza mutua y sus similitudes los alientan a hacerlo. Después de todo, así fue cómo surgió el Tratado de Schengen, que posteriormente pasó a formar parte del acquis communitaire (la legislación de la UE).
Más recientemente, el acuerdo Prun ha elevado precisamente la cooperación policíaca a integración policíaca en los Estados participantes.
Hay motivos para esperar que algunos de los Estados miembros de la UE participen en este esfuerzo para luchar contra el crimen y el terrorismo, ocuparse de las cuestiones de seguridad o de la armonización del presupuesto. En cualquier área que sea, un grupo de Estados miembros más integrados daría a la Unión un núcleo básico que podría ser muy útil para fortalecerla como un todo. Pero hay que dejar que lo hagan por separado, y que mientras tanto la Unión se vigorice con las mejoras que ya ha adoptado. Cincuenta años después, esta es la lección que nos deja la declaración de Schuman.
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