Costa Rica, Domingo 11 de mayo de 2008

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Alejandro Jenkins V.

El país futuro

doctor en física

Un visitante casual a Costa Rica podría tal vez llegar a imaginar que aquí las malas personas, los deshonestos y egoístas, los vagabundos e irresponsables, gozan de una longevidad sobrenatural, porque, aunque evidentemente existen y caminan entre nosotros, nunca llega la noticia de que alguno haya muerto. Según los parientes, los periodistas y los historiadores, nuestros difuntos fueron todos trabajadores y generosos, responsables y honrados. Qué sino prodigioso y horrible, pensará el ingenuo extranjero, el de una nación en que los mejores mueren a diario, mientras que los peores, como los míticos vampiros, viven por siempre.

La costumbre de hablar bien de los recién muertos es, supongo, universal, pero en otras latitudes suele ser reconocida como lo que es: una cortesía hacia los deudos que aplica solo mientras dure el duelo y que no impide el juicio objetivo de individuos históricamente relevantes. En Costa Rica, en cambio, el afán de quedar bien no solo con los deudos, sino hasta con sus más remotos descendientes, parece haber convencido a muchos de que el nuestro era hasta hace poco un país pequeño y pobre, pero por lo demás idílico, originalmente habitado por indios nobles y valientes, colonizado por europeos honorables y pacíficos, cultivado por campesinos honestos, gobernado por políticos sabios y desprendidos.

Refrescar la memoria. El evidente contraste de esa vieja Costa Rica imaginaria con la realidad contemporánea ha contribuido a exacerbar el natural conservadurismo tico, al punto de que incluso la izquierda supuestamente revolucionaria ha adoptado un discurso que glorifica el pasado y aboga principalmente por detener los cambios a nuestras costumbres e institucionalidad inducidos por la globalización.

A los costarricenses no se nos suele recordar que la Costa Rica del siglo XIX era gobernada por una minúscula y endogámica oligarquía cafetalera que ejercía un monopolio casi absoluto del poder económico y político, y que regularmente disponía de los bienes públicos como si le pertenecieran.

No se nos recuerda que desde la independencia catorce Gobiernos cayeron ante golpes de Estado, o que la mayoría de las elecciones anteriores a 1953 fueron determinadas por la intervención de la fuerza pública a favor del candidato oficial y por el fraude a gran escala.

Se nos ha olvidado la Costa Rica en que miles de trabajadores morían de paludismo construyendo el ferrocarril a Limón, mientras Su Excelencia el General Tomás Guardia se ausentaba del Palacio Presidencial por meses para asistir con su familia a la coronación del papa y a la boda del rey de España. No recordamos la Costa Rica de los gamonales, de las galleras y de los pleitos de machetes. El Dr. Calderón Guardia y don Pepe Figueres son íconos, pero se nos olvida que ambos pecaron en formas que hoy serían inaceptables en un político.

Se nos olvida también que a través de los años muchos de nuestros intelectuales más destacados denunciaron a la sociedad costarricense por su conformismo y falta de vigor, su incapacidad de reconocer sus defectos, sus restringidos horizontes intelectuales y su desconfianza ante quien pretendiera destacarse o cuestionar seriamente su papel dentro del statu quo.

El misterio esencial. Y, sin embargo, el misterio esencial de Costa Rica es que, siendo una nación absolutamente latinoamericana (quizás la única del mundo de la que se pueda decir que es latinoamericana y nada más) es excepcional en la región porque su perenne y despreocupado optimismo refleja una realidad clarísima: que no somos un pueblo seriamente dividido, dado a entusiasmos ideológicos mesiánicos, o que conciba la política como una guerra eterna entre intereses irreconciliables. Y eso ya es bastante.

Costa Rica y el mundo al que pertenece están cambiando a un ritmo nunca antes visto. Responder a esa realidad sin destruir lo que es admirable y valioso en nuestra nación es un reto de primer orden. Ignorar esa transformación, pretender refugiarse en un pasado mítico o buscar aislarse para mantener nuestra ilusoria pureza, son recetas para el fracaso.

A pesar de la magnitud del reto, creo que cabe ser optimista. La mente individual difícilmente puede vislumbrar el resultado futuro de las transformaciones sociales que produce la inteligencia colectiva de millones de individuos que buscan libremente su bienestar y que ambicionan una vida mejor para los suyos. Siempre es grande la tentación de un conservadurismo apocalíptico que ve únicamente las alternativas del statu quo y de la conflagración.

No ha mucho que algunas de las mentes más ilustradas opinaban que el ser humano era demasiado perverso para ser libre, que su razón era demasiado débil y sus pasiones demasiado erráticas para que viviera en democracia, que los intereses individuales eran demasiado antagónicos para que la libertad económica fuera sostenible.

Por mi parte, yo confío en que nuestro futuro no depende de ninguna mentira, de ninguna evasión, de ningún mito.

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