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Página Quince Jacques Sagot |
A los jóvenes de mi país
Los paraísos artificiales de la droga ocultan el más infernal de los infiernos
pianista
Basta ya, amigos, de paraísos artificiales bajo cuya máscara se oculta el más infernal de los infiernos. Basta ya. Mentiría si dijese que comprendo el dolor que los ha llevado a consumir la droga, o el sufrimiento que acarrea el no poder ya dejar de consumirla. Quisiera poder decir que lo entiendo, pero cuanto más avanzo en la vida más me doy cuenta de que las únicas cosas que uno verdaderamente comprende son aquellas que ha vivido. Yo no he atravesado por este tránsito de fuego, pero Bergson hablaba siempre de la “empatía imaginativa” para comprender a los semejantes, y es ese poder el que intento convocar para hablarles desde el fondo de mi conciencia.
Los beneficios obtenidos del tráfico de la droga ascienden a 500 millares de millones de dólares al año, es decir, el 8% del comercio mundial. Para que se den una idea de lo que esta suma significa, digamos que es el equivalente del PNB de toda África. La industria es tan floreciente que en Pakistán, por ejemplo, donde en 1979 la heroinomanía no existía, tenemos hoy un mercado de dos millones de consumidores, con un beneficio de 1 500 millones de dólares al año.
En Afganistán, desde el comienzo de la guerra, la producción anual de opio, originalmente de 300 toneladas, se ha multiplicado por diez. El cultivo está todavía concentrado en tres grandes áreas: el 90% de la elaboración de opiáceos procede de la “medialuna de oro” (Afganistán, Irán, Pakistán), y del “triángulo de oro” (Laos, Myanmar y Tailandia); mientras el 98% de la cocaína se cultiva en Colombia, Bolivia y Perú. Ese es, por así decirlo, l´état de la question . (Datos divulgados por la Unesco).
Estilo de muerte. Hoy en día podemos, sin hiperbolizar, hablar de “narcoestados”, “narcodemocracias”, “narcoterrorismo” (la guerra y la droga suelen ir de la mano), “narcoguerrilla”, “narcoturismo” y, por supuesto, de “narcodólares”. Las primeras experiencias con las drogas están, en los países desarrollados, motivadas por la curiosidad y la ociosidad, en particular cuando de trata de drogas de síntesis, fabricadas en laboratorios subrepticios: las anfetaminas y el éxtasis, tan popular entre la clase alta costarricense. Muchachos: consumir drogas no es cool , no es un “estilo de vida”, es “un estilo de muerte”.
No abre horizontes, los clausura: las lesiones que la toxicomanía produce sobre los receptores cerebrales es a menudo irreversible. Sume a sus familias enteras en un infierno. Es además un poderoso vector de infección del virus del sida y otras pandemias. Ustedes lo saben. Esa “curiosidad” inicial, y el placentero vértigo en que inicialmente los sume podrían ser el candado de un calabozo del que nunca más van a poder escapar.
Pero muchos jóvenes no consumen drogas por razones recreativas. Lo hacen porque son criaturas marginadas, desesperanzadas, ayunas de educación, seres que se aglomeran, como la maldita raza de los Morlock de la leyenda, “debajo de la tierra”. Cien millones de niños que viven en la calle: guetos, favelas, zonas periurbanas, ban- lieues … violencia, analfabetismo, soledad, silencio… Y ahí están las acechanzas de lo que Le Clézio llamaba “los pescadores de la inocencia”, lanzando sus siniestras redes para atrapar a los peces de oro.
¿Quién duda, muchachos, que traficar drogas pueda parecer al principio una halagüeña solución a su miseria social? Pero tengan en cuenta la pérdida de libertad que para ustedes esto conlleva, amén del dolor incuantificable que están infligiendo a otros seres humanos. ¿Es eso lo que quieren para sus vidas? ¿Ser esparcidores de veneno? ¿Agentes de sufrimiento y disolución?
Seres enfermos. Los toxicómanos no son criminales. Repito: los toxicómanos no son criminales. Son seres enfermos que piden a gritos tratamiento médico especializado. No hay que emprenderla contra ellos propiamente, sino contra los traficantes. Combatir la oferta con un programa mundial (un problema global solo puede ser erradicado con una estrategia global) y disminuir la demanda. ¿Cómo logramos lo segundo? A través de la educación, que no es mera información, sino cultura humanística, desarrollo de la sensibilidad, inculcación de una nueva axiología y un nuevo sentido de la responsabilidad, para con ellos mismos y para con el prójimo, que quien no tiene una no suele tener tampoco la otra.
¿Han sido sus cuerpos maltratados desde niños, sus voluntades rotas, sus dignidades pisoteadas? No es culpa de ustedes. Por piedad, no se crean en la necesidad de castigarse a través del consumo de sustancias emisarias de muerte. La degradación de que fueron objeto no es prueba de su “maldad” natural. El dolor no es un castigo. Ese abuso criminal no lo merecían ustedes. No son culpables, sino víctimas. Víctimas de esos que “mejor harían en amarrarse una piedra en el cuello y lanzarse al mar antes de hacer mal a los pequeños” (Mateo: 18, 6).
No sé lo que es padecer una infancia vejada por explotadores sexuales, no sé lo que es crecer con el aberrante sentimiento de merecer la violencia que nos es infligida. No lo sé, no lo sé. Pero hay profesionales que sí lo entienden, y es a ellos que hay quienes hay que recurrir, antes que hundirse en la falsa anestesia espiritual de la droga. Tengo la certeza de que el dolor nunca desaparecerá, pero también estoy seguro de que hay maneras de procesarlo, de transformarlo, y la toxicomanía no es ciertamente una de ellas.
Paremos esta locura, amigos. Está desangrando al mundo, descerebrando a nuestra juventud, fundando capitales inimaginables sobre la ruina física y moral de millones de seres humanos. Se me ocurre pensar que, bien entendida y desprovista de monolíticos dogmatismos, la fe –la que promulga cualquier religión– puede ayudar. A enfermedad del alma, medicamento del alma. Como egregiamente lo dijo André Malraux: “El siglo XXI será religioso, o no será”.
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