PRIMERA FILA
Un triste episodio
Periodista
Uno se pregunta por qué la directiva alajuelense resolvió el tema del regalito a los jugadores con un castigo tan débil; o más bien, sin ningún castigo del todo, salvo la obligación de recoger de nuevo el dinero y donarlo a la caridad.
No dudo que los directivos estén conscientes de la gravedad de este asunto y del enorme daño que se le causó al club y al futbol nacional. Desde el primer momento reaccionaron con molestia, indignación y prontitud para investigar lo ocurrido, con evidente preocupación.
No es consecuente, por lo tanto, la mano blanda a la hora de actuar. Tampoco se trataba de iniciar una cacería de brujas y minar al plantel con sanciones desproporcionadas. Pero entre los dos extremos, firmeza o alcahuetería, eligieron ser el papá blandengue.
Es fácil suponer por qué. Los rojinegros están a cuatro partidos de ser campeones, si superan las dos series venideras. Separar jugadores, sacar el látigo o exponerlos con una reprimenda pública hubiera debilitado la moral de cara a partidos tan cruciales.
En esto los jugadores siempre llevan las de ganar. Los directivos saben que es imposible pelear un campeonato con un plantel que guarde “resentimientos”, para decirlo de alguna manera.
Es el sueño de todo sindicato: una fuerza laboral tan poderosa que le dobla el brazo a los administradores aún sin necesidad de decir una sola palabra. Incluso en casos como este, cuando el error es flagrante y ameritaba sanciones ejemplarizantes.
La otra gran presión proviene de los aficionados. Si Alajuelense gana el título nadie se va a acordar del episodio de los ¢5 millones. Pero si pierde, el mundo se le viene encima a los directivos.
De las palabras del presidente manudo se infiere que la investigación sigue abierta, porque el fiscal anda de viaje y están esperando a que vuelva. Pongamos mucha atención: si hubiera sanciones fuertes dentro de unas semanas, cuando el campeonato haya terminado, sería una prueba aún más descarada de que tuvieron miedo de actuar con las finales a la vuelta de la esquina.
No era una decisión sencilla. Me imagino que la sesión del jueves transcurrió en medio de discusiones y argumentos fuertes. Porque castigar jugadores sin duda hubiera debilitado al plantel, y a lo mejor les hubiera costado el título. Pero había que escoger: o resguardar la dignidad institucional, o garantizar el éxito deportivo. Los directivos eligieron esto último. Qué triste.
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