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Página Quince Enrique Obregón Valverde |
El machetees mi pluma
“…para que no se olvide que usted también fue campesino y amó la tierra, como nosotros”
abogado
Rafael es un campesino amigo mío, de Pérez Zeledón, a quien he visitado en estos días, en su rincón montañés. Tiene un pequeño hotel que atienden sus hijos, pero él conserva la costumbre de sembrar, además de una tardía pasión que le nació para la escultura artesanal, lo que hace con gran imaginación.
El padre de Rafael se llamaba Francisco y fue uno de los tantos campesinos que se vieron obligados a salir de sus lugares natales para marchar hacia el sur, en busca de tierras baldías, pensando en la posibilidad de construir una finca en la montaña.
Otros tiempos. Cincuenta años duró Francisco peleando con los bosques, la pobreza y las grandes dificultades que se les presentaban a los campesinos en las primeras décadas del siglo XX. Pero logró triunfar. Murió a los 99 años satisfecho, recordando los maizales florecidos, los cubaces tiernos, las vacas recién paridas y una pequeña huerta que cultivó siempre con amorosa dedicación.
Su larga vida le permitió contemplar, dolorosamente, la transformación del campo, la desaparición masiva de los campesinos, pero también el ingreso de sus nietos a la universidad. “Son otros tiempos –me dijo en una ocasión–. Se perdió el amor por la tierra. Yo pienso que cuando esto sucede, es como si se perdiera el amor por la vida. Yo no sé si un profesional es mejor que un campesino, pero sí sé que sin campesinos no hay patria”.
Herencia. Su hijo Rafael, que tiene ahora 64 años de edad, mantiene prácticas de agricultores. Se levanta temprano, y antes del café y las tortillas, se coloca el machete al cinto. Es algo mecánico y me dice que lo hace sin pensar, como un impulso que heredó de sus antepasados. Luego me comenta que los hombres como yo necesitamos la pluma para vivir. Y esforzándose por entresacar del fondo de su alma una verdad, hasta ahora sin descubrir, me dice con gran firmeza: “para mí, el machete es mi pluma”.
Cuando me preparaba para regresar, muy de mañana, Rafael me entregó un calabazo para el agua, con tapón de olote, y un hacha vieja que posiblemente usó su padre, Francisco.
–Tome –me dijo– para que no se olvide que usted también fue campesino y amó la tierra, como nosotros.
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