La columna de Barraza
Buenos Aires
Patético. La imagen del deportista Ronaldo teniendo que explicar por televisión (seguramente para evitar cuantiosos daños contractuales) a la hora de máxima audiencia en Brasil, que en la madrugada del 27 de abril requirió los servicios de tres prostitutas y que, una vez en el hotel, se percató de que eran travestis y por ello decidió cancelar el acuerdo; que fue víctima de un chantaje y no consume drogas…
Triste, aunque acorde con su realidad futbolística de hace varios años: marcó la raquítica cifra de 52 goles en cinco temporadas.
Nos preguntamos cuál será el veredicto de la historia acerca de Ronaldo Huuuummmm… Lo imaginamos menos indulgente que el de la prensa, siempre tan proclive a “comprar” todo lo que el marketing le vende.
Ronaldo ha sido un fantástico delantero, qué duda cabe. Dueño de una potencia devastadora, unida a una técnica soberbia. Hemos visto pocos jugadores devolver paredes tan milimétricamente como él. Es un futbolista que juega con alegría, siempre pensando en el arco rival, con un desenfado agradable y muy noble con sus rivales. Ha soportado marcas muy recias sin una queja.
No obstante, el repaso de sus 15 años como profesional (debutó en 1993) más que impresionar, desencanta. Sin revisar las estadísticas, guiándose por la fama –esa gran distorsionadora– uno supone que Ronaldo ha sido un goleador de todos los tiempos. Pero he aquí que en 15 temporadas, vistiendo siempre camisetas grandes (Cruzeiro, PSV Eindhoven, Barcelona, Inter, Real Madrid, Milan) ha marcado solo 279 goles, que más parece un precio de liquidación que el acumulado de un supercañonero.
Decimos “solo” pues los grandes artilleros de la historia (Pelé, Di Stéfano, Romario, Puskas, Zico, etc.) reúnen de 700 goles para arriba. El propio Maradona, sin ser romperredes, anotó 311 goles.
En el rubro títulos, uno puede pensar que en el curso de tantos años arrasó con todos los laureles. Otra decepción: Ronaldo ganó un título mundial con Brasil (mérito mayúsculo) en el que además fue goleador del torneo. Y dos Copas América. Pero a nivel de clubes su cosecha fue magra: dos ligas con el Real Madrid, de las cuales, en una casi no jugó y aportó apenas un gol. Luego hay, claro, logros menores: una Copa UEFA, un torneo estadual de Minas Gerais, una Copa de Holanda.
Ronaldo ha obtenido casi más balones de oro (tres) que títulos, un desatino importante, obra del “marketing” y la desmemoria. En 1998, tras la excepcional actuación de Zidane en el Mundial ganado por Francia, la prensa eligió a Ronaldo como mejor jugador del torneo. Para recordar: Zinedine hizo dos goles en la final y Ronaldo fue una sombra.
Ronaldo ha sido un jugador con compromiso cero con sus clubes. No les ha dado nada. Al menos en comparación con lo recibido. Ha sido más fenómeno en la ventanilla que en la red. No es opinión del periodista: lo dicen los números. Y un goleador se mide con estadísticas.
Nunca se puso un equipo al hombro y lo llevó al título como han hecho todos los verdaderamente grandes (Pelé-Santos, Maradona-Napoli, Cruyff-Ajax/Barcelona, Di Stéfano-Real Madrid).
Cuando “Ronnie” destacó en el PSV holandés, sus agentes se apuraron a negociarlo con el Barcelona. Y tras una ilusionante temporada en el “Barça” (en la que fue máximo anotador, aunque no campeón), hicieron lo posible y lo imposible para romper el contrato y llevarlo al Inter. Una vez allí, tuvo la desgracia de las lesiones. Casi tres años sin jugar, pero el Inter lo cuidó, lo mimó, le pagó fortunas, le dio todos los permisos para ir al carnaval de Río, a atender sus compromisos con Unicef, con sus patrocinadores, con sus novias, esposas, etc. Cuando estuvo en condiciones de jugar nuevamente dijo: “Me quiero ir al Real Madrid”.
En el Inter adujo una pelea con el técnico Cúper, en el Real Madrid con Capello. No fue todo lo galáctico que esperaban los hinchas merengues. Y luego recaló en el Milan, donde, en dos años ha jugado 16 partidos sobre casi 120 posibles.
La parafernalia publicitaria que tuvo detrás lo ayudó a ser un grande de nuestra época. De todas las épocas, es más pesado. Ahí ya empieza a actuar su señoría, El Tiempo. Él coloca cada ficha en la ranura justa.
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