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Página Quince Shlomo Ben-Ami |
La misión de Israel
Una paradoja: sensación de poder combinadacon un apocalíptico miedo de aniquilación
Shlomo Ben-Ami, exministro israelí de Asuntos Exteriores y actual vicepresidente del Centro Internacional para la Paz de Toledo. Copyright: Project Syndicate, 2008. www.project-syndicate.org. Traducido del inglés por Carlos Manzano.
JERUSALÉN – Israel es uno de los mayores casos de éxito de los tiempos modernos. Una nación renació gracias a los supervivientes del Holocausto y las comunidades judías desarraigadas que, principalmente mediante la calidad de su capital humano, crearon una economía próspera y una de las agriculturas más innovadoras del mundo, y resucitaron una lengua muerta. Además, mantuvieron, contra viento y marea, una democracia que, por imperfecta que sea y por deficientemente que funcione, no deja de estar asombrosamente viva.
Encrucijada. Y, aun así, en su sexagésimo aniversario, Israel se encuentra en una encrucijada. De hecho, el primer ministro israelí Ehud Olmert ha advertido sobre “el fin del Estado judío”, si el país permanece empantanado en los territorios ocupados y no se crea un Estado palestino.
Las amenazas internas de Israel no son menos apremiantes. La sociedad relativamente homogénea concebida por sus fundadores se ha fragmentado en un tenso mosaico multiétnico que comprende judíos laicos, una minoría árabe marginada, una prolífica comunidad ultraortodoxa que vive de los subsidios estatales, nacionalistas religiosos seguidores de una variedad mesiánica de sionismo, inmigrantes de la antigua Unión Soviética, etíopes marginados y judíos orientales que se esfuerzan por incorporarse a la clase media.
Además, Israel no ha logrado reparar un desequilibrio peligroso: por creativa que sea su economía, la carga del gasto militar está socavando su inversión en educación e investigación científica.
Psiquis nacional. Metafóricamente, la psiquis nacional israelí oscila entre “Tel Aviv” y “Jerusalén”. “Tel Aviv” abraza el laicismo, el hedonismo y el crecimiento económico, y considera el Estado de Israel una entidad jurídica, en contraste con la peligrosa y fideísta concepción “jerosolimitana” de “Eretz Israel”. Ha sustituido el primer ethos adelantado de Israel por las tentaciones de la modernidad, del liberalismo y la “normalidad”. Aspira a formar parte de la “aldea mundial”, en lugar de ser un enclave judío aislado y provinciano.
En cambio, “Jerusalén” considera el impulso de “Tel Aviv” hacia la “normalidad” una vaciedad, que es casi criminalmente indiferente a la memoria judía y las enseñanzas de la historia judía. El Israel de “Jerusalén” se caracteriza por un anhelo de las raíces judías, un profundísimo miedo a “los árabes” y una pertinaz desconfianza de los “gentiles” y su “comunidad internacional”.
Israel nació en guerra y ha vivido en armas desde entonces. Raras veces en la Historia un movimiento nacional marchó hacia su Tierra Prometida con un despliegue tan brillante de pericia diplomática y aptitud militar como los sionistas en su camino hacia la consecución de su Estado, pero la impresionante victoria de Israel frente a tres ejércitos árabes en 1967 le granjeó no solo grandeza, sino también decadencia política y moral.
Cuarenta y un años después, Israel sigue sin poder librarse de la corruptora ocupación de tierras palestinas y de la locura de los asentamientos.
Esa es la paradoja de la existencia de Israel: una sensación de poder combinada con un apocalíptico miedo permanente de la aniquilación, reflejado en una reacción hostil a cualquier iniciativa que afecte a su seguridad física. Naturalmente, la experiencia histórica de Israel no propicia precisamente una fácil conciliación. Aún no se ha superado del todo la crisis de la conciencia judía en la traumática transición del Holocausto a la consecución de un Estado. Parece que Israel siempre opta por una interpretación fatalista de las amenazas regionales y en la actualidad su angustiosa tarea consiste en adoptar un cambio radical de estrategia, superando la tendencia tradicional de sus dirigentes a adoptar decisiones partiendo solo de las peores conjeturas.
Democracia y utopismo. Una característica tristemente recurrente del conflicto árabe-israelí ha sido la de que ninguna guerra perdida por un humillado bando árabe ha dado paso a un acuerdo de paz, del mismo modo que ninguna guerra abrumadoramente ganada por Israel ha movido nunca a sus dirigentes a ser magnánimos en la victoria. Las gestiones de paz se iniciaron casi invariablemente gracias a iniciativas árabes, no israelíes. Así fue en la guerra de 1973, iniciada por el presidente Anwar el Sadat con el fin de obligar a los Estados Unidos a hacer de intermediarios para una paz egipcio-ísraelí. Asimismo, la intifada palestina de 1987 obligó a Israel a abandonar la política de la inercia y participar en un proceso que condujo a los acuerdos de Oslo.
La excepcional combinación de democracia y utopismo, propia del sionismo, permitió a los judíos recuperar su derecho natural y les brindó una clave para el futuro. Se deben utilizar los mismos instrumentos para poner fin al conflicto con el mundo árabe, en particular con los palestinos. Los judíos no sobrevivieron al exterminio simplemente para atrincherarse tras unos muros creados por ellos mismos. Sobrevivieron para resolver lo que durante demasiado tiempo ha parecido un enigma irresoluble: legitimar el Estado judío ante quienes se consideran sus víctimas.
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