Costa Rica, Jueves 8 de mayo de 2008

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Gilberto E. Arce | gilberto.arce@mac.com

Vesco está vivo

Economista

Hace casi 40 años que Vesco arribó a territorio nacional. Desde entonces, Costa Rica ha vivido inmersa en el mar del ir y venir de las olas de la corrupción: suaves o violentas, de claras a muy turbias, con o sin corriente marina, incluso a veces rojas.

Tanto es así que no es del todo claro si Vesco fue la primera gran importación de semilla de mala hiedra o si había tanto terreno fértil, casi virgen, que esa semilla daría los arbustos necesarios para esparcirse frondosamente hasta nuestros días.

Malos recuerdos. Aunque en el desfile de malos recuerdos importados se pueden señalar, entre otros, los casos de trasiego de armas en 1978-79, Elizalde, “Caro” Quintero y las FARC, también abundan los casos con sello nacional. Por ejemplo: la finca de la Sinfónica Nacional, Exaco, Fondo Nacional de Emergencias, las financieras de 1987, Allen, Banco Anglo, Fodesaf, Radio María, Incop, ICE-Alcatel, Caja-Fischel y PWS-INS.

En todos los casos arriba mencionados hay participación conjunta del sector público y privado.

Para infortunio nacional, casi siempre solo se crucifica a personas o instituciones públicas, dejando a los Judas privados en la impunidad (sin el valor de ahorcarse porque no ven nada malo: peor aún), con la presunta complicidad –implícita o explícita– de autoridades policiales-judiciales.

En todo caso, lo cierto es que hoy la mala hiedra se encuentra en casi toda burocracia –pública o privada–, a cualquier nivel jerárquico y a cualquier precio.

Para vergüenza nacional, según la nota del New York Times , del pasado 3 de mayo, anunciando la muerte de Vesco, José Figueres dijo: “Deseo que más Vescos pudieran venir a Costa Rica... los necesitamos”.

Esta pareciera ser la idea de muchos: añoran –para beneficio particular– la llegada de casinos de Europa oriental, “inversionistas” narcoguerrilleros, nuevas empresas proveedoras, “hoteles” que hipotecan el ambiente de las futuras generaciones, etc.

Egoísmo extremo. Ciertamente, este comportamiento muestra las externalidades negativas del egoísmo extremo en el contexto de la función pública, donde, gracias a que los derechos de propiedad no están debidamente asignados ni resguardados por la ley, cada quien “hace lo que sea” por mejorar su situación material. Su contraparte, en el sector privado, solo piensa que más negocio es preferido a menos, por lo que también “hace lo que sea” para hacer (y “ser”) más, no mejor. Las tormentas de robo, asesinato, secuestro y sicariato que nos azotan hoy día podrían ser evidencia de que el camino del egoísmo, llevado al extremo, no genera más bienestar, sino menos.

Sin embargo, creo que aún hay suficiente capital de esperanza entre la abundante depreciación vesca. Ese capital debe ser aprovechado para empujar las reformas legales e institucionales (incluida la familia) que requiere la sociedad costarricense para afrontar este maremoto de descomposición social.

Pero se lograría muy poco si cada uno de nosotros no pone su grano de arena. “No tengáis miedo”, dijo Juan Pablo II. Es necesario denunciar pues, si no, seremos cómplices por interés u omisión.

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