Costa Rica, Jueves 8 de mayo de 2008

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EDITORIAL

Un balance positivo

 Durante sus dos primeros años, el Gobierno ha gestado importantes avances, mas debe someter a juicio su labor

 Los desafíos existentes son de gran magnitud y requieren un intenso trabajo de equipo

Hace dos años, nuestro país se enfrentaba a una compleja coyuntura. El liderazgo político democrático había llegado a críticos niveles de deterioro, sobre todo en el Poder Ejecutivo. Se mantenía un razonable crecimiento económico, pero con el riesgo de que, ante la incertidumbre creciente, pudiera entrar en retroceso. La pobreza y el desempleo, aunque bajos para estándares latinoamericanos, se mantenían estancados. El manejo de las finanzas públicas había mejorado, pero a costa de frenar aún más la inversión, lo cual implicaba sustituir el déficit fiscal por un déficit creciente en infraestructura y, en general, servicios públicos. Un instrumento vital para nuestro desarrollo e integración al mundo, el Tratado de Libre Comercio entre Centroamérica, Estados Unidos y República Dominicana, firmado en mayo del 2004, estaba paralizado en la Asamblea Legislativa, y su suerte, en el mejor de los casos, era totalmente incierta. La llamada “democracia de las calles”, mediante la cual un conjunto de políticos anclados en el pasado y dirigentes gremiales incapaces de ceder privilegios pretendían imponer su voluntad a contrapelo de las instituciones democráticas, les había dado un virtual poder de veto. En el extremo de su arrogancia, sus heraldos se aventuraron a amenazar, casi un año antes, con que, si el resultado de las elecciones de febrero del 2006 no era el que esperaban, lo desconocerían.

Todo lo anterior, aunado a los escándalos de corrupción en los cuales se vieron envueltos tres expresidentes de la República, hacía inevitable que el desencanto, la desconfianza y la aprensión se extendieran por amplios sectores de los ciudadanos. El rasgo más positivo, frente a este panorama, era que, a pesar de tantos nubarrones y amenazas, nuestras instituciones, en general, habían logrado mantener razonablemente a flote al país y al Gobierno, señal de la profundidad y estabilidad de nuestra democracia, pese a los embates a que se ha visto expuesta.

Hoy, la situación ha cambiado sustancialmente para bien. Aunque todavía quedan muchas tareas pendientes, aunque el actual Gobierno ha cometido errores, y aunque existen importantes amenazas y desafíos a corto y mediano plazo, es de justicia afirmar que el saldo de los dos primeros años de la administración del presidente Óscar Arias ha sido positivo.

Las principales señales son, casi, el reverso del panorama que existía al finalizar el gobierno de Abel Pacheco: la confianza ha retornado; las instituciones representativas se han consolidado frente a los grupos de presión; el primer referendo de nuestra historia permitió ratificar el TLC mediante el voto directo de los ciudadanos; su agenda de implementación está a punto de ser aprobada en su totalidad; han mejorado sustancialmente las finanzas públicas mientras, a la vez, ha aumentado la inversión social y en infraestructura; la política exterior ha tomado nuevos y convenientes rumbos; los conflictos sociales, políticos y económicos se han encauzado hacia los mecanismos democráticos; hemos tenido dos años de alto crecimiento económico y han mejorado varios índices sociales, como pobreza, empleo, permanencia en las aulas, acceso a la cultura, ingresos familiares, afiliaciones a la Caja Costarricense de Seguro Social y sustanciales pagos del Gobierno a esta institución.

Claramente, este conjunto de logros implican una tarea colectiva, y sus protagonistas somos todos los costarricenses. Pero también es un hecho que el manejo del Gobierno ha sido el detonante de la mayoría de los cambios, especialmente en un ámbito sin el cual difícilmente habríamos reemprendido el camino hacia adelante: la confianza, la visión, el liderazgo y la capacidad de gestión política y administrativa.

Uno de los grandes talones de Aquiles en este proceso, sin embargo, ha sido el de la inflación, que no ha logrado ubicarse por debajo del “piso” de entre el 10% y 11% de crecimiento en los precios que ha sido típico en los últimos años. Y, como mencionamos en nuestro editorial del pasado lunes, aunque una parte de las dificultades, al menos inmediatas, se pueden atribuir a factores exógenos (incrementos en los precios de los alimentos y los hidrocarburos, especialmente), otras están vinculadas, esencialmente, con la política monetaria, además de otros aspectos del manejo macroeconómico. Es este un frente que el Gobierno y el Banco Central deberán atender con preferencia, porque es clave para el comportamiento del resto de la economía y para el bienestar de los costarricenses, sobre todo los de menos ingresos. Asimismo, el Gobierno debe dar respuesta cabal a los cuestionamientos surgidos, a raíz del mensaje del 1.° de mayo pasado, sobre la política social y concretamente sobre la capacidad y conducción del sector social.

Mientras se avanzó en la aprobación del TLC y su agenda de implementación, otros temas quedaron, en gran medida, relegados. La responsabilidad de este retraso es compartida, en parte, por el Gobierno y la alianza de 38 diputados que logró forjar en el Congreso, pero, todavía más, por el Partido Acción Ciudadana (PAC), que optó por una práctica obstruccionista, aparentemente ya superada. Entre esos temas están la seguridad ciudadana, la concesión de obra pública, las reformas electorales y financieras, los avances en libertad de expresión y todo lo que tiene que ver con la agilización de trámites en el Estado, parte de una reforma que debe ser aún más amplia.

Como nuevo y gran desafío ha surgido el suministro y precio de ciertos alimentos, sobre todo granos básicos, a lo cual nos referimos en nuestro editorial del lunes. Además, el crecimiento de la economía internacional, en especial de ese gran motor y destino de la mitad de nuestras exportaciones, que es Estados Unidos, se ha desacelerado, y esto, también, plantea grandes desafíos para nuestro desarrollo y la capacidad de seguir mejorando las condiciones de vida de los más desfavorecidos. Y a lo anterior se suma lo que parece ser un prematuro inicio de los fuegos electorales, lo cual puede convertirse en un factor distorsionante para la discusión constructiva y las decisiones responsables, tanto del Gobierno como de la oposición.

En resumen, el saldo de estos dos primeros años es sólido y esperanzador. Los dos que hoy comienzan, sin embargo, nos enfrentan a importantes desafíos, algunos acumulados desde antes; otros novedosos. Por esto, debemos estar preparados para afrontarlos adecuadamente, lo cual implica sentido de realidad, rigor y mantenimiento de un rumbo claro, pero, también, confianza en nuestros amplios recursos, sobre todo institucionales y humanos, que son los que, en el fondo, constituyen la gran reserva nacional.

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