La columna de Barraza
Aquel gol celestial deLa Bruja Verón
Buenos Aires
Los esquiadores le llaman slalom . Es esa prueba en que el intrépido se lanza desde lo alto de la montaña y baja esquivando árboles y vallas a toda velocidad hasta el pie del cerro. Resulta bello y excitante hasta para quién mira.
Fue un balón que salió del área de Estudiantes y le cayó en los pies a Juan Ramón Verón, digamos unos 15 ó 20 metros antes de la mediacancha, por el sector derecho, una posición extraña para él. La Bruja capturó la bola y en esa marcha suya que no era ni vértigo ni lentitud (porque los genios no son lerdos y tampoco se apuran, van a la velocidad justa) emprendió el slalom más armónico de su vida futbolera, el más poético, ortodoxo y grácil.
Así, yendo de izquierda a derecha y viceversa, fue apilando brasileños hasta culminar dentro del arco. Se vino de una hebra. Su pie del cerro fue la red. Y el slalom terminó porque las canchas de futbol tienen un límite. Y porque no quedaban más contrarios. Si no, hubiera seguido. Ningún problema. En materia de gambetas, La Bruja sí podía alardear diciendo: “No pregunto cuántos son sino que vayan saliendo”; pero de su cara buena, de su espíritu manso, de su carácter sencillo y de sus largos silencios nunca brotarían semejantes cacareos.
Fue el 2 de mayo de 1968, en La Plata. Estudiantes caía de local frente al Palmeiras de Ademir Da Guía por la primera final de la Copa Libertadores.
Tiempos idos. Era el tiempo en que las cuentas se sacaban así: en casa gano, afuera pierdo y en el desempate que sea lo que Dios quiera. De allí la necesidad de victoria, pero a falta de 10 minutos estaba 1-0 abajo. Era una multitud de pechos oprimidos. La angustia oprimía los corazones. Por primera vez un cuadro chico –pero lindo– se había entreverado hasta llegar a la final de América. Y estaba perdiendo... ¡Qué pena! Hasta que Verón alumbró esa obra colosal.
Los héroes no tienen el pecho oprimido, no parecen tenerlo. Ni se los ve preocupados. En medio de un clima de honda tensión y nerviosismo, con la frescura que le era habitual, Verón elaboró aquella noche lo que Bochini haría ocho años más tarde ante Peñarol, después de driblar a siete uruguayos; y lo que llevaría a cabo Maradona en México, cuando dejó el tendal de ingleses y la clavó en la inmortalidad. O lo que Messi ante el Getafe. Son goles típicamente argentinos, a pura gambeta.
La gente explotó... Quería comerse el alambre de la emoción. Hombres grandes, de traje, trepados al tejido, cantaban con esa especie de rabia que sale del orgullo, el tema del momento: “¡Si ve una bruja montada en una escoba / ese’s Verón, Verón, Verón que está de moda..! ¡Si ve una bruja montada en una escoba / ese’s Verón, Verón, Verón que está de joda..!”
Decenas de miles de platenses no pegaron un ojo aquella noche. Al día siguiente aparecieron en sus trabajos demacrados pero exultantes. Y entre esos miles había panaderos, mecánicos, vendedores, abogados, arquitectos, profesores: todos los gremios que componen el universo humano. ¡Lo que puede generar un individuo en una cancha de futbol!
En la adolescencia, la belleza de ese gol fue otro aluvión de entusiasmo. Como en los dibujitos, los ojos quedaron fuera de las órbitas y la exclamación fue unánime: “¡Dios mío! ¡Qué gol!”
Este cronista era un jovencito que aborrecía a Estudiantes (le ganó en aquella Copa los cuatro partidos a Independiente). Lo sentía el anticristo del futbol.
De esa rabia estaba exento Verón. ¿Cómo odiar la clase, el talento, la exquisitez? ¿Cómo aborrecer la humildad?
Catorce días después, el aristocrático club estudiantil daría su asombrosa vuelta olímpica. En ambos volvió a marcar, el Verón original. Así, hace 40 años nació la epopeya de Estudiantes, cuatro veces consecutivas finalista (68-69-70 y 71) y primer tricampeón. Todo germinó de aquel gol.
Apenas unos meses después, Estudiantes daría su golpe inolvidable: campeón intercontinental en Old Trafford ante el formidable Manchester United de Bobby Charlton, Denis Law y George Best. Un cabezazo mágico de Verón hizo también ese milagro.
Los ingleses inventaron la punta izquierda por si un día nacía la “Bruja” Verón. Y nació, en Berisso, pegado a La Plata, el 17 de marzo de 1944.
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