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Jorge Grané |
El fin de las teorías
¿Por qué preferimos los gustos de nuestros antepasados, basados en teorías obsoletas?
Arquitecto
¿Por qué los conciertos de música clásica casi nunca incluyen compositores de menos de cien años de haber muerto? ¿Por qué, en los museos de arte, son mejor apreciadas las obras de los pintores ya desaparecidos? ¿Por qué el turista disfruta perdiéndose en las intrincadas callejuelas de las ciudades antiguas?
Por razones misteriosas seguimos prefiriendo los gustos de nuestros antepasados que se basaban en teorías que son hoy aparentemente obsoletas.
Cambiar los paradigmas, en la antigüedad, era cuestión de siglos y siempre fueron prerrogativa de las clases dominantes (o pensantes) de aquellas épocas.
Los príncipes, la Iglesia o los mecenas eran quienes dirigían, o estimulaban, al grupo de creadores que se arrimaban a sus benefactores. Las escuelas que así se formaban dictaban a sus alumnos los principios teóricos a los que debían someterse para sobrevivir en el mundo del arte y la arquitectura. Así adquirieron fuerza las teorías. Todo artista sabía lo que tenía que hacer, de la mano de sus maestros que se apegaban con rigor a la teoría de la época.
Las teorías. Las teorías no son verdades inamovibles (esas son las leyes), sino que son elucubraciones, producto del pensamiento imperante, y sirven de marco de referencia, dentro del cual trabajan los artistas y los científicos. Hasta que otra teoría reemplaza a la anterior proponiendo ideas nuevas, acordes a los cambios en el conocimiento.
Antiguamente, una teoría podía sustentarse por décadas sin que nadie se animara a cuestionarla. Muchos pagaron con el destierro, o la vida, el atrevimiento de dudar sobre lo establecido pretendiendo cambiar el curso de lo racional. El mismo Darwin se enfrentó a la disyuntiva de publicar o no sus investigaciones sobre la evolución de las especies por temor al repudio.
Después, los nuevos teóricos se animaron a darse a conocer y, en el arte, pretendieron romper, a veces ruidosamente, con lo establecido.
Podemos observar los avances de la ciencia, pero ¿cómo se manifiesta el avance del arte?
Las artes. La música, la pintura, el urbanismo, la arquitectura acogieron a los entusiastas teóricos con los brazos abiertos y escucharon los discursos más variados, desde la teoría del caos hasta la teoría de la nada.
Los artistas tomaron a la incertidumbre y la abstracción como sus versátiles herramientas y cada cual acabó ofreciendo innovaciones personales con la intención de acertar con alguna propuesta valiosa. Fue así como cada creador se inventó su propia teoría y se volvió su propio teórico, dado que ya no existían las reglas establecidas.
En el caso de la arquitectura (o la poesía), el modernismo abarcó buena parte del siglo pasado hasta que la teoría se agotó y dio paso al postmodernismo y luego al efímero deconstructivismo y después…, muchos se anotaron en la cruzada bioclimática, otros optaron por la sustentabilidad y algunos descubrieron el tropicalismo.
Es difícil saber si esto se debe a una necesidad de escaparse de las ataduras de los modelos anteriores o a un estado de desconcierto que obliga a crear etiquetas que justifiquen la obra. Lo cierto es que ya no hay reglas, ni paradigmas imperantes, ni ideas que observar. Los maestros de hoy día no saben qué enseñar y los alumnos no saben qué aprender.
Las neuronas de nuestro cerebro son muy listas y velan por que no caigamos en un angustiante vacío. Con cautela exploran las nuevas ofertas y desestiman lo que no logran comprender a fin de preservar nuestra salud mental. Lentamente; muy lentamente, aceptan pequeños cambios en la mente que, lamentablemente, no alcanzan para entender las nuevas propuestas.
No debemos sorprendernos, entonces, que la Sinfónica Nacional apele a los compositores de hace 200 años, que los museos prefieran a los impresionistas del siglo XIX y las ciudades más agradables sean las que habitaron nuestros tatarabuelos.
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