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Polígono Fernando Durán Ayanegui |
Confianza
químico
Aquella vez fracasamos al hacerle una visita a un padre de la patria con la esperanza de interesarlo en una iniciativa que podría haber sido de ayuda para la escuela pública de la región a la cual, se decía, representaba en el parlamento: resultó que, para entonces, el representante de muy alejados cantones ya había trasladado su residencia a la Gran Área Metropolitana y había resuelto el problema educativo de sus hijos –bendita tierra de oportunidades– inscribiéndolos en una escuela privada capitalina. De aquel modo, quien debía proteger a todos los hijos de la patria se limitaba a ser tan solo el mezquino protector de sus propios hijos.
Imre Kertész (Nobel de Literatura, 2002) aún era un niño cuando fue capturado y deportado, junto a otros menores de edad, a un campo nazi de concentración al que, del grupo, solo él sobrevivió. En una original auto-entrevista biográfica (Dossier K), el escritor húngaro se pregunta a sí mismo si en el transcurso de su terrible martirio de juventud conservó lo que otro autor (Jean Améry) llamó “confianza en el mundo”. A esto se responde: “Pues sí, creo que, aunque yo no irradiara precisamente esa confianza…, quizá sí se me notara incluso en mi estado de mayor desvalimiento. Simplemente imaginaba que el deber del mundo de los adultos consistía en sacarme de allí y hacerme llegar sano y salvo a casa. Aunque hoy suene un poco extraño, es realmente lo que sentía”.
¿Habrá en el mundo un adulto que no experimente un sentimiento de culpa ante esta respuesta? Si existe, podemos jurar que nunca en su vida llevó en brazos el cuerpo dormido de un hijo, de un nieto… o de cualquier otro niño en estado de desvalimiento, que es el estado normal de todos los niños del mundo. Porque, dentro de la lógica dictada por la inocencia, eso es lo que todo infante espera: que el mundo de los adultos, no solo el de sus padres, lo proteja y lo conserve a salvo del hambre, del frío, de la tristeza, de la enfermedad, de la violencia, de la ignorancia, en fin, de todos los peligros propios de su natural vulnerabilidad.
Y no nos queda sino pensar en la incapacidad del mundo de los adultos para “llevar a salvo a casa” a todos los niños que viven en la calle, que padecen hambre, que por falta de medicinas mueren muertes evitables, que no podrán desplegar sus talentos porque solo pueden asistir a escuelas lamentables… y, que pese a todo, tienen confianza en los adultos del mundo, sean estos soldados, artistas, enterradores, mercaderes, o simplemente egoístas políticos que no irían más allá de utilizar el poder para velar por sus propios hijos.
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