Costa Rica, Domingo 4 de mayo de 2008

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Página Quince

Gerardo Bolaños González

La maldición de Mafalda

 La moral se fortalece con la libertad...

Periodista

Como todos sabemos, a Mafalda no le gusta la sopa. Un día, Mafalda encuentra a su madre recortando una receta del periódico.

“¿Algo rico?”, le pregunta la niña.

“Sopa de pescado”, contesta la madre.

Enfurecida, Mafalda contempla el diario y, en el último cuadro de la tira cómica, grita: “¡MALDITA SEA LA LIBERTAD DE PRENSA!”.

Mafalda tiene muchos seguidores en el mundo y en Costa Rica también: cuando la prensa elogia sus platillos favoritos, le dan cinco tenedores, pero, cuando la prensa se los receta o se niega a ser su caja de resonancia, la descalifican y buscan controlarla o castigarla desde dentro o desde fuera. Así ha sido desde la invención de la imprenta.

La sopa boba. Por eso, hay que ser ingenuo por naturaleza, o deliberadamente optimista, para creer en la sopa boba de que la Asamblea Legislativa readecuará a corto plazo nuestras leyes en busca de una mayor autonomía para ejercer sin temor la libertad de expresión.

Uno de los deberes del periodista es ser escéptico. En ocasiones, el escepticismo periodístico se convierte fácilmente en simple clarividencia. Digámoslo como es: a pesar de lo que manifiesta en ciertas fechas celebratorias, la mayor parte de la clase política costarricense no está interesada en soltar las amarras impuestas desde julio de 1902. La sopa de pescado les produce náuseas. Más de siete años de darnos una dieta de atolillo con el dedo en el Congreso lo demuestran.

El proyecto de Ley de Libertad de Expresión y de Prensa actual ha pasado por un calvario legislativo lento e incierto, como corresponde a esa fascinación tica con la indecisión o, simplemente, por el firme deseo de que los ciudadanos en general y los periodistas en particular sigamos viviendo en “libertad condicional”. Si así actúan ahora, ¿como será después?, dicen sus detractores.

En medio de bombas y sirenas, los diputados aprobaron al fin una ley sobre hidrantes la semana pasada. Tenía 12 años en los meandros legislativos. Dentro de poco, los bomberos solo tendrán que ponerse los pantalones y apagar las llamas.

Los periodistas, que deben explicar a millones de personas quién provocó el incendio y por qué, ¿cuántos años más, fuera de los siete ya pasados, tendrán que esperar a que les conecten el agua? Ni que se estuviera pidiendo la libertad de prensa sin autorización ni censura, por la que utópicamente clamaba John Milton en el siglo XVII. La censura, decía Milton, debilita la moral al tratar al hombre como un niño. Con la censura la virtud es inútil. Por el contrario, la moral se fortalece cuando, libre e informado, el ser humano ejerce sus opciones.

¿Cárcel para periodistas? No hay ningún periodista costarricense en la cárcel actualmente, pero no es por falta de ganas de encerrar a más de uno. La posibilidad teórica de purgar de uno a 120 días existe y, más de un siglo después, todavía genera miedos y autocensura. Hace dos años, en el preciso Día Internacional de la Libertad de Prensa, los magistrados de la Sala IV reafirmaron que las penas de cárcel por cometer “delitos por la prensa” son constitucionales, aunque los magistrados sean más progresistas en otros temas afines, como el acceso a la información pública y la protección de las fuentes periodísticas. Otras instancias, muchos diputados y no pocos miembros del Ejecutivo se oponen solapadamente a la ley propuesta, y no sería de extrañar que la jerarquía católica se sume al coro, molesta como está porque la prensa encontró pelos en su increíble gazpacho financiero.

Ínfulas e influencias. La prensa no es una institución aséptica. Por su enorme diversidad humana y complejidad industrial, no es ajena a las influencias, nunca lo ha sido y probablemente nunca lo será. A principios del siglo XX la prensa de Costa Rica estaba politizada en extremo. Los directores/políticos eran moneda corriente en medios como La Tribuna , La Información o El Diario de Costa Rica . Hay que leer cómo se sopapeaban entre sí estos y otros diarios que aspiraba a tener uno de los suyos en la presidencia de la República. Cien años después, aunque sin despreciar las ideas políticas, las decisiones comerciales son las que más gravitan sobre la vida prácticamente de todos los medios.

Puntos de vista ajenos. El periodismo es un arte que funciona como un negocio y constituye un poder en sí mismo… Oír, ver y contar son los verbos esenciales de ese arte. Lo afirma Pedro Crespo de Lara, abogado y periodista español. Nota: eso del periodismo como cuarto poder no es un concepto nuevo ni acuñado en España o Costa Rica. Lo formuló el elocuente político irlandés Edmund Burke hace más de dos siglos.

Si las figuras públicas no quieren que la prensa diga tonterías sobre ellas, entonces no hagan ni digan tonterías, ni cometan fechorías, ni busquen hacerse publicidad. Como barruntaba hace un par de años Robert Pinker, del Comité de Quejas de la Prensa británica: “Es muy difícil proteger a las figuras públicas cuando ellas mismas buscan notoriedad, eso forma parte de la tragedia”. Se enojan cuando los medios les dan su sopapina, y se enojan aún más cuando se los ignora.

¿Monopolio mediático? Se dice que existe un monopolio mediático en Costa Rica. Yo no lo veo, en medio de la increíble maraña de diarios, semanarios, quincenarios, revistas, servicios de cable, radioemisoras y televisoras, nacionales o extranjeros, privados y públicos, virtuales o físicos, pagados o gratis, y hasta en otros idiomas, a los que tenemos acceso cada día un porcentaje cada vez mayor de los habitantes. Que algunos medios sean más populares que otros es normal: hay iglesias mayoritarias, partidos políticos mayoritarios, equipos de fút- bol mayoritarios, supermercados mayoritarios, universidades mayoritarias. Con los medios es parecido. Hay inercias, pero unos son más imprescindibles que otros…

La prensa es impura pero necesaria. Y esta afirmación es verificable. El periodismo es insuficiente y contradictorio, pero sin sus “funciones irritantes”, como señalaba hace 10 años el expresidente brasileño Fernando Enrique Cardoso, podríamos correr el riesgo de no percibir nuestra propia fragilidad como sociedades. Buscar pelos en la sopa es una de esas “funciones irritantes”, aunque no le guste a la singular y querida Mafalda. Ni a sus seguidores en el Congreso.

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