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J. Bradford DeLong |
John McCain y la decadencia de EE.UU.
J. Bradford DeLong es profesor de Economía en la Universidad de California en Berkeley y fue secretario asistente del Tesoro de los Estados Unidos
BERKELEY – En 1980, el Partido Republicano de Estados Unidos abandonó toda noción de que el presupuesto del Gobierno debe estar equilibrado. Se arraigó la idea de que se debían emprender recortes fiscales todo el tiempo, en cualquier oportunidad, porque supuestamente la reducción de los impuestos aumentaba el ingreso.
Irving Kristol, quien en algún tiempo fue editor de la revista The Public Interest y uno de los padres intelectuales de esta idea, escribió más tarde que lo que le interesaba no era si era cierto, sino más bien si era útil.
Años después habló de su “propia actitud arrogante hacia el déficit presupuestal y otros problemas monetarios o fiscales. La tarea era crear una nueva mayoría republicana conservadora –de manera que la efectividad política era la prioridad, no las deficiencias contables del Gobierno…”.
Ahora resulta claro que John McCain –quien alguna vez calificó de imprudentes los recortes fiscales de George W. Bush y se negó a votar por ellos– ha sucumbido ante este embrujo. Aparentemente está proponiendo más recortes fiscales que costarán al Tesoro de Estados Unidos alrededor de 300 mil millones de dólares al año, neutralizarlos con recortes de 3 mil millones de dólares anuales al gasto asignado y de alguna forma equilibrar el presupuesto.
Conocemos las consecuencias: la política fiscal de McCain será con seguridad la política fiscal típica de los republicanos –y desde 1981– la política fiscal típica de los republicanos ha aumentado la relación deuda federal bruta- PIB en casi el 2% anual. En contrates, una administración demócrata típica de después de la II Guerra Mundial ha reducido la relación deuda-PIB en más de 1% al año. Esta es una de las cuestiones que están en juego en las elecciones presidenciales de este año.
Colapso de la moneda. Las políticas que ignoran el nivel de la deuda pública conducen al colapso de la moneda, la depresión (debida a la desorganización de la división sectorial del trabajo resultante) y una inflación elevada –tal vez, hiperinflación–. A menudo, los responsables culpan de la catástrofe económica a las maniobras siniestras de extranjeros como los “gnomos de Zúrich” o el FMI.
Los Estados Unidos están lejos de llegar a eso. Pero aun en el corto plazo –digamos en los próximos dos períodos presidenciales– los costos de un déficit alto y un rápido crecimiento de la deuda serían sustanciales.
En primer lugar, una relación creciente deuda-PIB restaría espacios a la inversión, puesto que los recursos que de otra forma se dedicarían a financiar inversiones productivas se utilizarían para apoyar el consumo público o privado. Desde 1981 Estados Unidos ha tenido la suerte de que los flujos de capital procedentes del extranjero han financiado el crecimiento de la deuda pública. En algún momento esto se acabará y los aumentos del déficit desencadenarán la salida de los capitales de Estados Unidos.
Supongamos que en los próximos ocho años los déficits crecientes no desencadenan ni entrada adicional ni salida de capitales, y supongamos que unos Estados Unidos con menor inversión son unos Estados Unidos más pobres, con un rendimiento social bruto de las inversiones del 15% anual. Para 2016, el potencial productivo de Estados Unidos sería menor en una cantidad que reduciría el PIB real en el 3,6% –500.000 millones de dólares reales, o aproximadamente 3,000 dólares por trabajador. En unos Estados Unidos más pobres, a menos empresas les resultaría atractivo integrar a la fuerza laboral a trabajadores secundarios de las familias, y tal vez desaparecerían 500.000 empleos netos.
En ese trayecto, a lo largo de los próximos ocho años, en unos Estados Unidos más endeudados el crecimiento de la productividad se desaceleraría quizá en un tercio de punto porcentual por año. El desempleo promedio tendría que aumentar entonces a fin de mantener las demandas de aumentos del salario real de los trabajadores a un nivel conforme con el crecimiento de la productividad. Las correlaciones aproximadas entre el crecimiento de la productividad y el desempleo promedio de las décadas de los setenta, ochenta, noventa y 2000 aumentarían la tasa natural de desempleo de la economía en alrededor de un quinto de punto porcentual, lo que costaría 500.000 empleos más.
A cargo de la posteridad. Y unos Estados Unidos con una deuda más elevada serían un país en el que los ahorradores y los prestamistas tendrían un mayor temor, justificado, de que el gobierno recurriera a la inflación para mitigar parte de su deuda pendiente. La Reserva Federal entonces tendría que luchar contra la inflación –ejerciendo presión al alza sobre el desempleo– a fin de asegurar a los ahorradores y prestamistas de la voluntad de cuidar la estabilidad de los precios. Ni siquiera hay cálculos aproximados basados en correlaciones de la magnitud de este efecto, pero los economistas creen que es real. ¿Costaría un número insignificante de empleos? ¿Un cuarto de millón? ¿Un millón?
Si se suma todo, se puede confiar en que en el 2016 Estados Unidos será mucho más pobre si se elige presidente a McCain y no a Barack Obama o Hillary Rodham Clinton. Otros países que desearan exportar a Estados Unidos se verían afectados por el crecimiento más lento y el mayor desempleo en ese país. Sin embargo, con McCain la brecha entre el gasto público y los impuestos sería más amplia, los estadounidenses se sentirían más ricos y gastarían más a expensas de la “posteridad” que llegaría ocho años después. Ronald Reagan habría estado de acuerdo. Después de todo, como él decía: “¿Por qué he de hacer algo por la posteridad? ¿Qué ha hecho la posteridad por mí?” O ¿era Groucho Marx quien lo decía?
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