Costa Rica, Sábado 3 de mayo de 2008

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Fernando F. Sánchez C.

Capital social: fuente de solidaridad

 Solidaridad: vivencia de amor que solo se comprende cuando nos relacionamos con otros

Diputado

La pérdida de confianza en las instituciones y –probablemente a raíz de esto– la exacerbación del individualismo, son los resultados más tristes de la profundización del liberalismo económico a ultranza y la desafección política en la mayoría de los países democráticos. Como reacción a este fenómeno, el politólogo Robert Putnam acuñó el concepto de “capital social”; o sea, el conjunto de relaciones sociales formales e informarles que desarrollamos a lo largo de nuestras vidas. El incremento en el capital social está positivamente asociado con un mejor rendimiento en el trabajo, en el estudio, en la vida familiar, en fin, en todas las áreas del quehacer humano.

Combatir el individualismo. Las personas acumulan capital social en el día a día. Así, las actividades familiares y sociales como el intercambio con amigos, las ceremonias religiosas, las “tomaditas” de café y hasta los grupos de trabajo o estudio, son ejemplos de instantes donde se fomenta el capital social. Este crece exponencialmente cuando las actividades suponen, además del disfrute personal, colaborar con otros; cuando funcionan para combatir el individualismo y generar solidaridad.

Esto lo entendía muy bien Juan Pablo II, y nos lo explica en su encíclica Sollicitudo Rei Socialis . Parafraseándolo, la solidaridad se vive realmente cuando los hombres y mujeres sienten como propias las injusticias ajenas. Y agregaba que se ejercita con el amor y el servicio al prójimo. En efecto, la solidaridad es un sentimiento de empatía y responsabilidad con los demás, sobre todo con los más necesitados.

Solidaridad. La solidaridad es también una vivencia, y esta –por suerte– es palpable en Costa Rica. Rescato dos ejemplos. Primero, es ejemplificante la lección ofrecida por los vecinos de Barva de Heredia hace algunos meses. En la comunidad de “Doña Blanca”, a menos de 3 km del centro del cantón, no existía ningún puente que comunicara el pueblo con el resto de la comunidad. De esta forma, estudiantes, adultos mayores, señoras y habitantes en general, debían –literalmente– brincar entre piedras para cruzar un río y poder atender sus responsabilidades académicas o laborales.

Ante tal dificultad los barvareños decidieron actuar. Sumando el apoyo de la municipalidad, del Ministerio de Obras Públicas y Transportes, del comercio local y de la comunidad en general, iniciaron gestiones en busca del presupuesto para levantar el puente requerido. Los ingenieros locales donaron planos y diseños. Luego de adquirir los materiales, se dio inició a la construcción.

Los ciudadanos invirtieron horas libres y fines de semana acarreando bloques, tubos, arena y varilla, batiendo cemento y repellando paredones. Las mujeres del vecindario tomaron a su cargo la alimentación de los obreros voluntarios. Hoy, como resultado, cuentan con un puente en Doña Blanca. Tuve el honor de ser invitado al acto de inauguración. Esa mañana fue muy emocionante constatar el entusiasmo que produjo el ingreso al barrio del primer autobús de su historia.

Vivencia de amor. Otro caso ejemplarizante lo observamos en la comunidad de la Aurora de Heredia. Ahí, la Pastoral Social de la Iglesia Católica, empresarios y líderes comunales y políticos unieron esfuerzos para evitar que el sueño de más de 500 niños de ingresar a clases se viese truncado por no contar con uniformes, zapatos y útiles para sus lecciones. Hoy, gracias a la organización, al aporte económico y al esfuerzo desinteresado de gente solidaria –sensible a las necesidades de sus semejantes– esos niños ríen y disfrutan del mejor instrumento para generar oportunidades, eliminar la desigualdad y disminuir la pobreza: educación.

La solidaridad es una vivencia de amor. Esta solo se comprende cuando nos relacionamos con otros, los conocemos y, en la medida de nuestras posibilidades, los ayudamos. Acumulando capital social construimos el alma de un país y desarrollamos una sociedad más armónica, más justa y más feliz. Esto podemos hacerlo construyendo un puente, evitando la deserción de estudiantes pobres o, simplemente, extendiéndole la mano a quien lo requiera. Y lo mejor es que, al hacerlo, siguiendo los beneficios del capital social, somos nosotros mismos quienes más ganamos. Ese es el gran misterio del amor.

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