Costa Rica, Viernes 28 de marzo de 2008

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Agustín Ureña Álvarez | 4m-ureville@ice.co.cr

Olimpíadas tibetanas

 Ya hemos visto olimpíadas en países donde se estaban violando derechos

Profesor Universitario

De la misma manera que el año pasado celebré el establecimiento de relaciones con China (la cuarta parte de la humanidad), también considero que es indivisible el tema de la libertad y el de los juegos olímpicos. Ese no parece ser el tema; la duda más bien está en cómo manejar los vínculos entre ese valor (solo superado por la vida) y esa hermosa herencia, en la que todos somos griegos.

Nada nuevo. Ya antes hemos pasado por la controversia de ver unas olimpíadas en países en los que se estaba haciendo algo en contra de la libertad. Tuvimos que soportar a Hitler en el palco principal, en Berlín 36; luego le tocó a Latinoamérica, cuando vimos los Juegos Olímpicos de México 68, inaugurados pomposamente tan sólo 10 días después de que el ejército mexicano perpetró la masacre de 300 estudiantes en Tlatelolco. Después el régimen soviético recibió los juegos en Moscú 80, con su largo historial de violación a los derechos humanos, ejemplificados precisamente por los casos concretos de Sholzenytsin y Saharov, meras puntas de iceberg de un témpano totalitario y brutal.

Los juegos olímpicos son lo más universal que Grecia, o país alguno, haya heredado a la humanidad. Nada se les compara, nada es igual. Solo Grecia tiene ese sitial de honor, como único país que ha producido un valor universal al que todos queremos plegarnos, en que todos tenemos nuestro corazón en Olimpia, en que nuestros ojos están dirigidos al Partenón. De pronto, nos convertimos en atenienses.

Cada 4 años somos griegos, es decir, humanos. Reviven entonces, no sólo los juegos, sino que lo mejor de Grecia: su filosofía, su política, su teatro, su idioma y su elenco de iluminados, desde Anixamandro hasta Aristóteles. Euclides vuelve a nuestra memoria, dilucidando la cuadratura del círculo; Sócrates vuelve a ser bálsamo para nuestro espíritu, dando lecciones de ética a Critón; Pitágoras sigue trazando hipotenusas y Arquímedes calculando volúmenes. Pericles construye el Partenón. A pesar de algunas quejas de Francis Bacon sobre el método socrático, siempre que volvemos a nuestras raíces, nos encontramos a Grecia. Algunas palabras importantes vienen de ahí: democracia, ética, política, olimpíadas.

Símbolo de paz. En la Grecia antigua, durante los juegos olímpicos, cesaban las guerras, había paz. Los griegos dejaban sus disputas, para ir a correr y celebrar a los campeones, que eran ascendidos al nivel de semidioses. La guirnalda sobre la cabeza, el honor olímpico sobre los hombros se llevaba de regreso a Esparta, Corinto o Tebas, como regalo de los dioses. Y en cierta medida lo era, porque ese campeón olímpico era el símbolo de la paz, que todos acordaban para poder ver a los campeones corriendo por el Estadio de Olimpia, mientras que otros lanzaban discos y jabalinas.

Para honrar el espíritu olímpico, para ser griegos, debemos ir a China, a correr por la paz, en honor también de los tibetanos a quienes se les está cercenando su espíritu. Ante la duda, seamos griegos; ante la duda, vayamos a Pekín y seamos el más alto, el más fuerte, el más rápido, y que el sudor de los campeones sea néctar de libertad para el Tíbet.

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