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Jose M. Aguilar Berrocal | joseab78@gmail.com |
Espacio joven
Hay que motivar a la juventud a ser solidaria
Fundación Acción Joven
Frecuentemente escucho decir que, dadas la indiferencia y egoísmo de las personas en general y de los jóvenes en particular, la esperanza de mejorar la situación actual es efímera. Afortunadamente, mi trabajo me permite pensar de tal afirmación que, no sólo es vulnerable, sino también inexacta. Desde hace 2 años dirijo la Fundación Acción Joven (accionjoven.org) , ONG con dos propósitos específicos: aprovechar el Trabajo Comunal Universitario (TCU) plenamente, apoyando Colegios Públicos, y sensibilizar futuros profesionales respecto de la realidad social actual y la importancia de la solidaridad.
El año pasado se efectuaron cerca de 30 proyectos. Psicólogos, ingenieros, administradores, trabajadores sociales, educadores, comunicadores, publicistas, diseñadores, fotógrafos, han colaborado de diferente forma con los colegios públicos. Desde talleres para prevenir la violencia, estudios técnicos para mejorar la infraestructura, estrategias para motivar los docentes, creación de material didáctico interactivo, talleres de producción audiovisual, entre muchas otras acciones, han realizado estos jóvenes de forma voluntaria.
Profunda satisfacción. De entre las múltiples opiniones que me han externado los universitarios, dos han sido particularmente significativas y recurrentes. Primero, coinciden en que, de no habérseles obligado en un inicio a participar, probablemente no lo habrían hecho. Segundo, absoluta- mente todos han expresado una profunda satisfacción por haber ayudado a otros. Citándolos: “se obtiene una gratificación tsunámicamente más trascendental que un cheque al final del mes”.
Lo primero no es de extrañar en esta sociedad materialista, que estimula exacerbadamente el ‘tener’ sobre el ‘ser’; una cultura cuya promesa fundamental hacia el individuo que la conforma radica en que, si acumula dinero y/o sus insignias, por el medio que sea, lo más pronto posible, y adquiere símbolos externos que le permitan a los demás comprobar lo anterior, se hará acreedor del título de ‘exitoso’ y gozará del afecto, reconocimiento y deseo del otro.
En mi opinión, este mensaje se envía con tal potencia y variedad de canales, que, irremediablemente, culmina filtrándose en las subjetividades, dificultando así la introspección, la búsqueda del propio sentido para su existencia. Lamentablemente, son atípicos los espacios que estimulen a los sujetos a construir su propia verdad, a identificar su deseo genuino y a este serle fiel.
Problema cultural. Respecto de lo segundo, con el TCU estos jóvenes tienen la oportunidad de conocer la realidad del otro, cómo vive, qué debe enfrentar cada día, cómo es su familia, cómo es ir a clases en esos colegios, etc. La reacción de compromiso y solidaridad que he percibido en ellos me ha conducido a creer que el problema no era la falta de ternura, bondad, o generosidad en los universitarios; al menos no era una ausencia “genética” de ello. Considero que el problema es de la cultura, por no ofrecerles a los jóvenes alternativas como estas, por no decirles que ayudar al otro no necesariamente debe ser un sacrificio terrible; que, por el contrario, hay muchas y muy profundas satisfacciones que se obtienen al parti- cipar de este tipo de iniciativas.
La constante ha sido que al conocer la situación del otro, las personas pueden entenderlos, y aumenta sensiblemente las probabilidades de que asuman una posición subjetiva de solidaridad con él. Así mismo, el que la cultura dé un reconocimiento a aquellos que participen, es un elemento positivo para promover estas actitudes en la juventud en particular y la sociedad en general.
Lejos de criticar la juventud, la cultura le debe abrir este tipo de espacios, y permitirle participar. El ejemplo del TCU es contundente. Mejora (de modo gratuito) la situación actual y construye una masa crítica de ciudadanos y profesionales solidarios para el futuro, en los cuales recae nuestra esperanza.
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