Costa Rica, Martes 25 de marzo de 2008

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Jorge Guardia | jguardia@capitales.com

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abogado-economista

Jugaron en su contra la carta del racismo. Lo ofendieron. Lo humillaron. Dijeron que era muy oscuro par ser blanco y demasiado claro para ser negro. Y le advirtieron que un mulato jamás podría llegar a ser presidente de los Estados Unidos por ser la discriminación parte insoslayable de la sociedad americana.

Luego vino el sermón del reverendo Jeremiah Wright –su pastor y mentor espiritual– a encender la llama de la hoguera: condenó las muertes en Iraq y maldijo a su propio país por la vejación racial. Todo el mundo le cayó encima. Ya no podía ignorar más el tema racial. Entonces, hizo un alto en la campaña, respiró a profundidad y, sin el menor rescoldo de rencor, pronunció una de las piezas más bellas de la política americana:Not this time.

Recordó que todo comenzó en 1887, cuando un puñado de agricultores y pensadores, estadistas y patriotas sentaron en Filadelfia las bases de la Unión Americana. Tras una simple declaración:We the people, in order to form a more perfect Union ( nosotros, los del pueblo, para formar una Unión más perfecta), forjaron los fundamentos de una constitución federal basada en principios indisolubles de justicia, libertad e igualdad. Pero aún contemplaba resabios de esclavitud.

Los dos siglos posteriores fueron testigo de la lucha por la igualdad. La Unión puede y debe perfeccionarse, agregó, pero no acentuando diferencias ni promoviendo el odio para contradecir la historia de nuestra sociedad. EE.UU. se formó con inmigrantes en busca de libertad y oportunidades. Y ahí caló su propia historia personal, reflejo de esa diversidad étnica: hijo de madre blanca e inmigrante de color, lleva la piel, dice él, vestida de color café. Y es hijo también de la pobreza ¿En qué otro país podría alguien así aspirar a la primera magistratura?

Contradijo al pastor sin renegar de sus enseñanzas ni desautorizar a quienes lucharon contra la discriminación, desde Abraham Lincoln hasta Martin Luter King. En esta elección, reconoció, se podría jugar perversamente la carta del racismo, como hizo Geraldine Ferraro al decir que después de las primarias demócratas los blancos se aglutinarán con McCain; o, peor aún, como espectáculo denigrante al estilo del juicio contra O. J. Simpson; o la caridad vergonzante ante el huracán Cathrina . Pero también se podría jugar de forma constructiva. Señalar, por ejemplo, cómo las condiciones de las escuelas les roban el futuro a los niños negros y blancos, a los hijos de latinos y asiáticos y de los obreros americanos. Todos son nuestros, concluyó, y no los vamos a dejar atrás en los albores del siglo 21, como dejaron caer la economía.No. Not this time…

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