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EDITORIAL |
Un balance negativo
Tras cinco años de la invasión estadounidense, la situación en Iraq es crítica
La violencia se ha reducido, pero otros problemas siguen o han empeorado
El pasado miércoles 19, al conmemorarse el quinto aniversario de la invasión de Estados Unidos a Iraq, el presidente George W. Bush destacó, como logros, una reducción en la violencia interna en ese país, así como golpes cruciales contra grupos terroristas que actúan en su territorio, algunos ligados a Al-Qaeda. Reconoció, sin embargo, que la guerra ha sido “más larga, más dura y más costosa” que lo anticipado, y que las relativas mejoras en el clima de seguridad del país son “frágiles y reversibles”. Como colofón y mensaje hacia los aspirantes presidenciales –especialmente el demócrata Barack Obama– dijo que las “mejoras” se debían al incremento de tropas realizado el pasado año y advirtió sobre los efectos negativos de una reducción precipitada en ellas.
Se trató, en síntesis, de un discurso relativamente sobrio en sus valoraciones, muy lejos del excesivo triunfalismo que había seguido a la intervención militar, o de los grandiosos pronósticos que pregonaban sectores de su administración sobre la estabilidad y la democracia que se desarrollarían no solo en Iraq, sino a través del Medio Oriente. Pero, aun dentro de la sobriedad de su discurso, la escena dibujada por Bush distó mucho de la cruda realidad que se vive en ese país y que, con la distancia de media década, ratifica el grave error que implicó la invasión, al punto de que las opciones de Estados Unidos, a pesar de su enorme poderío, son hoy sumamente reducidas. Y nada garantiza que, a mediano plazo, la situación pueda mejorar sustancialmente.
Bush, por ejemplo, no tomó en cuenta la enorme tensión étnica y sectaria que se ha desarrollado a lo largo de Iraq desde el derrocamiento del dictador Sadam Husein. Hoy, las luchas entre árabes sunitas (minoría anteriormente dominante), chiitas (la mayoría que hoy domina), además de los kurdos, tienen al país virtualmente desarticulado en tres regiones y concepciones antagónicas. Decenas de miles de profesionales y empresarios han emigrado, en busca de mejores oportunidades, con lo cual Iraq ha perdido valiosos recursos humanos. El ejército nacional es virtualmente inoperante, frente a un conjunto de milicias que responden a distintos “hombres fuertes” legitimados por el sectarismo. La economía, en este grave contexto, no ha logrado recuperarse. El más claro ejemplo es la industria petrolera, la cual, a pesar de las enormes reservas, no se acerca siquiera a su potencial de producción.
Para Estados Unidos, el costo de la intervención ha sido enorme. Los efectos también se han sentido en el seno mismo de sus Fuerzas Armadas. Sus 4.000 bajas son un número moderado si se compara con otros conflictos; sin embargo, para las víctimas y sus familiares –y esto incluye a las iraquíes, que ascienden a decenas o centenares de miles– lo importante es cada pérdida. Además, dentro del alto mando militar estadounidense existe la fundada preocupación de que su presencia en Iraq ha debilitado seriamente, y con consecuencias a largo plazo, la capacidad de respuesta ante otros conflictos.
A todo lo anterior se suma que, geopolíticamente, el gran ganador parece ser, hasta ahora, el régimen de Irán. Por su vecindad, mayor fuerza, abrumadora mayoría chiita y capacidad de influir en las milicias iraquíes, cada vez ha fortalecido más su influencia, a pesar de ser considerado por Estados Unidos como la mayor amenaza en la zona. Paradójicamente, la invasión ha servido en bandeja de plata a los iraníes lo que por décadas no pudieron lograr, ni siquiera tras una cruenta guerra con Sadam Husein.
Al decir todo lo anterior, no ponemos en duda el carácter brutal del régimen anterior. Husein merecía ser derrocado. Pero el sentido de esta acción, más allá de las consideraciones estratégicas, era mejorar las condiciones de vida de la población. Esto, por desgracia, no ha ocurrido. Tampoco ha mejorado la situación de la zona. Por esto, a cinco años de la invasión, el balance es en extremo negativo. Peor aún, las opciones de que mejore resultan en extremo limitadas.
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