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Fernando Leal |
Creación y destrucción
El bienestar no es posible sin el reconocimiento de los problemas reales
Filósofo
El surgimiento de la vida se produjo cuando se cumplieron las posibilidades para que ello ocurriese, pero ¿cuántas transformaciones y evoluciones universales habrán ocurrido antes de que se alcanzaran las condiciones físicas y químicas suficientes para la producción de tal acontecimiento? Tal vez sea imposible determinar el enorme tiempo y los cambios fabulosos sucedidos, pero el hecho es que ello aconteció. Tras los miles de millones de años y procesos ocurridos desde entonces, gracias a la evolución del cerebro humano y al desarrollo del lenguaje, el surgimiento de la conciencia constituye la más asombrosa novedad.
La conciencia humana. En sí, esta novedad no tiene otro sentido que su pura existencia, lo que significa que se trata de una cuestión de hecho y nada más, pues el sentido que atribuimos a las cosas y nuestras acciones se asienta sobre una elección humana, esto es, en una determinación valorativa que afecta solo a los asuntos humanos y no trasciende más allá del hombre, su cultura y civilización. Así ocurre, aunque las acciones humanas incidan sobre el medio natural modificándolo en diverso grado. En el extremo más agudo, tal modificación podría incluso amenazar la vida misma: así, una orgía guerrera de terribles explosiones nucleares podría acabar en un instante con aquello que consumió tantos millones de siglos, transformaciones y novedades universales antes de aparecer.
Esto nos enseña que el hombre no solo es guardián de sí mismo, sino a la vez de todo aquello cuyo porvenir depende de sus actos. La destrucción de preciosas especies vegetales y animales, el asesinato masivo de millones de seres humanos en el pasado remoto e inmediato, la miseria, la explotación, las drogas, los accidentes, las guerras y el poder de las armas nucleares permitirían avizorar un porvenir cada vez más lúgubre, si no fuera porque los aspectos constructivos de la cultura y la civilización nos alertan y nos animan constantemente a no desfallecer en la lucha por la vida y los valores positivos que la hacen digna de vivirse.
Recuperar el mundo. Sin embargo, puede advertirse la fragilidad de esta contraparte solamente con imaginar el abismo de ausencia de conciencia en que se asienta todo cuanto se produce en el universo, abismo que convierte en un hecho insólito y azaroso no solamente la aparición de la vida, sino, aún más extraño, el surgimiento de una conciencia valorativa. Una conciencia tal, que puede advertir, sobre el trasfondo del sinsentido universal, una vida agitada y urgida por la escasez a devorarse a sí misma para crecer y mantenerse, obligada a desarrollar espinas, garras, fauces, aguijones, ponzoña, tamaño, fuerza y, finalmente, agudeza mental e inteligencia para el ataque y la defensa, no obstante fuese productora de una razón consciente, susceptible de sobreponerse a la escasez y capaz de establecer leyes e instituciones para el desarrollo de la armonía entre los hombres: por ejemplo, la declaración universal de los derechos humanos, entre los cuales la vida, la libertad y la igualdad son los valores supremos.
Ahora esta conciencia ha sido capaz de advertir que la industrialización desordenada y la explotación sin freno de los recursos no renovables implican el riesgo de una devastación mundial irreparable.
Sin embargo, podemos comenzar una recuperación progresiva partiendo de nuestras dotes creadoras, una recuperación que supone una lucha cotidiana sin tregua, fundada en la filosofía, la ciencia, las artes, la política, la tecnología y la buena fe de las distintas religiones actuales.
Los conocimientos científicos y técnicos nos ayudan a progresar, pero ningún bienestar duradero es posible sin una educación fundada en un profundo reconocimiento de los problemas reales y la certidumbre de la necesidad de asentar nuestros actos en valores personales y comunes muy poderosos.
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