Costa Rica, Miércoles 19 de marzo de 2008

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Ramón María Yglesias Piza

¡Felices Pascuas!

 Dios no es un amuleto y, durante esta Semana Santa, conviene meditar su palabra

Abogado

En la Fiesta de Pascua o de Resurrección celebramos la resurrección de Jesús, pero, más que eso, celebramos la vigencia del mensaje de Dios como único medio para alcanzar la felicidad, la vida plena, la única esperanza fiable, en palabras del papa Benedicto XVI.

No es un amuleto. En todos los ambientes es común hablar de Dios. Se habla de “confiar en Dios”; de “pedirle a Dios” y se invoca el nombre de Dios para todo. Esta conciencia es buena pero insuficiente. Dios no es un amuleto ni una palabra mágica. Es una persona, más bien, La Persona, nuestro Creador. Los hombres no podemos conocerlo. Por eso, Él se hizo hombre, se encarnó en el seno de la Virgen María, una sencilla mujer, y vivió entre nosotros como uno más. La gente pudo oírlo, olerlo, verlo caminar, cansarse, sonreír y gozar. También lo vio sufrir y llorar.

De este modo, la sabiduría infinita de Dios tomó cuerpo; el Verbo de Dios se hizo hombre para comunicarnos su sabiduría y que pudiéramos entenderla. ¡Qué asombroso que Dios se haya hecho hombre para decirnos concretamente lo que hay que hacer! Pero más asombroso aún es que nos lo haya dicho con amor. No viene a darnos una serie de mandatos sin más. El Dios Todopoderoso, Principio y Fin de todo, nos hace una propuesta amorosa y nos da libertad para aceptarla o rechazarla. ¡Qué delicadeza!

Y, para sellar su ofrecimiento, quiso tomar el camino más difícil. Asumió que rechazaríamos la propuesta, que negaríamos la vida, y, por eso, decidió pasar por la muerte para vencerla. Pasó por una muerte infame, llena de tormentos, vejámenes y excesos. De este modo, Él asumió la posición del rechazo para darnos la oportunidad de la conversión en completa libertad. Así, el nombre de Dios tiene un mensaje concreto que debemos aceptar o rechazar libremente.

El mensaje del Evangelio. ¿En qué consiste el mensaje? Sin querer reducir la riqueza eterna del Evangelio –que es la sabiduría de Dios hecha palabra–, entre las bienaventuranzas hay dos que atraen especialmente mi interés: “Bienaventurados los pobres, porque de ellos es el Reino de los Cielos” y “Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios”. La primera se refiere al desprendimiento total de los bienes de la tierra. No quiere decir que no procuremos progresar y que seamos unos pobretones. Jesús nunca dijo algo así y en su vida pública lo acompañaba también gente rica. A Él no le importa que seamos ricos o pobretones, lo que quiere es que confiemos en Él y en su triunfo sobre la muerte, que Él sea nuestro tesoro más preciado.

La segunda bienaventuranza no está restringida al tema sexual, pues la limpieza de corazón no depende solo de eso, como erróneamente dicen algunos. La limpieza de corazón, aunque requiere cultivar la virtud de la pureza como condición, se refiere a algo más relevante: la transparencia y la sinceridad. El limpio de corazón es llano, simple, sincero, no tiene intereses ocultos ni intenciones torcidas; reconoce sus limitaciones y sus cualidades y las pone al servicio de los demás con generosidad, no por amor a sí mismo, sino por amor a Dios.

Esta Semana Santa debería servirnos para tomar un propósito concreto: pedirle a Dios que nos limpie el corazón y que nos permita ser más sinceros y transparentes en nuestra relación con Él y con los demás; que fortalezca nuestra fidelidad con la pareja para estar más pendientes de sus necesidades y de las de los hijos; que nos ayude a cuidar la vista evitando ver lo que no conviene, incluso alguna publicidad que explota la figura de la mujer y la exhibe en vallas y autobuses como si estuviera en venta; que podamos asumir su mensaje y los diez mandamientos como propuesta amorosa, y no como una imposición; que seamos agradecidos con Él por habernos dado la oportunidad de rectificar siempre y de que podamos acudir a la reconciliación. ¡Felices Pascuas!

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