Costa Rica, Martes 11 de marzo de 2008

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Jorge Guardia | jguardia@capitales.com

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abogado-economista

Me gusta leer a Eduardo Lizano, sobre todo sus escarceos de economía política. Parece un caballero andante deambulando por los caminos de la política, lanza en ristre, abogando por causas que lo desvelan. Su lanza es una pluma gentilicia y pensante, pero punzante. Como don Quijote, siempre está en la jugada.

En su última escaramuza cuestiona los nuevos modelos (molinos) de desarrollo e incluye una provocadora fórmula ante la ingobernabilidad: “De las Protestas a las Propuestas”. El título completo, disponible pronto en la Academia de Centroamérica, es:¿Hacia el nuevo modelo de desarrollo? Y está escrito así, entre signos de interrogación.

Se han escuchado voces –dice– tendientes a cambiar el actual modelo por otro que permita crear una nueva economía. Entre ellas, cita una conspicua cita con la Conferencia Episcopal para elaborar “una nueva manera de hacer política y conducir la economía; un nuevo modelo de desarrollo”. Luego constata que hay otras voces desperdigadas y disonantes como la izquierda radical, el PAC, el ala social de la social democracia y los inquietos socialcristianos (mis viejos cuates), y pululan, además, tipos pensantes, independientes, disidentes y beligerantes, disparando erradamente desde otras trincheras.

Don Eduardo se dio a la tarea de rejuntar sus diseminadas quejas e intentos reformistas, desde rescatar la soberanía comercial, alimentaria, agrícola, laboral y financiera (con sendas medidas arancelarias para restaurar el proteccionismo, topes selectivos de cartera, subsidios desarrollistas, denunciar tratados comerciales humanos y renunciar a organismos internacionales como la OMC y el FMI), hasta “democratizar” la democracia para convertirla en una de carácter participativo y no representativa, como ahora.

Hecho esto, recomienda lo que, en mi opinión, es lo más valioso: tener que concordar. Decidir qué quieren, por qué y cómo se ha de lograr; es decir, dialogar primero entre ellos para uniformar criterios y poder negociar después con quienes aceptamos este modelo. Si no, al traste con el consenso. Yo agregaría que ningún grupo político tiene suficiente poder de convocatoria frente a otros sin incurrir en la tentación de jalar agua a su molino. La Iglesia, sí. Y, al así decir, no trato de curarme en salud (aunque en esta etapa reflexiva y otoñal de mi vida, tras una vida entera de pecar y discrepar sonoramente de la visión económica de la Iglesia, no me caería mal congraciarme con ella, ni con Tatica, por si acaso). Algo o mucho queda por hacer en aras de la gobernabilidad. Y dialogar, diría Lizano, bien vale una misa.

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