Costa Rica, Domingo 29 de junio de 2008

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¿Adiós a la revolución?

 El único guerrillero realmente muerto es el que está enterrado

Jorge G. Castañeda, exministro de Relaciones Exteriores de México (2000-2003), es profesor benemérito global de Política y Estudios Latinoamericanos en la Universidad de Nueva York

“Las FARC están acabadas, no importa cuántos hombres y armas tengan todavía”. La lapidaria conclusión del exlíder de la guerrilla salvadoreña Joaquín Villalobos acerca del movimiento narco-guerrillero colombiano es digna de consideración, dado su inigualable conocimiento de la izquierda armada revolucionaria de América Latina. También lo es el casi desesperado reconocimiento de Heinz Dieterich, gurú ideológico del presidente venezolano Hugo Chávez, de que "el discurso de Chávez acerca de las FARC (en el que las llama a abandonar la lucha armada y liberar a todos sus rehenes) es el equivalente a una rendición incondicional a las ambiciones hemisféricas de Washin- gton”.

Con todo lo apresuradas que estas afirmaciones pueden terminar siendo, no hay dudas de que, finalmente, la última y más antigua organización político-militar de la región parece estar al borde de la derrota. La estrategia de “seguridad democrática” del presidente colombiano Alvaro Uribe parece haber funcionado, apoyada por el Plan Colombia que financia Estados Unidos, así como mucha y pura buena suerte, como el hallazgo hace tres meses de miles de archivos informáticos incriminatorios, en un ataque a un campo de las FARC en Ecuador.

Si lo que acontezca en los próximos meses confirma la caída de las FARC, América Latina se estaría librando finalmente de uno de sus principales azotes del último medio siglo. Al menos desde diciembre de 1956, cuando Fidel y Raúl Castro, acompañados de un joven médico argentino que más tarde se conocería como el Che Guevara, zarparan del puerto mexicano de Tuxpan rumbo a Cuba y a la historia, la región ha presenciado innumerables intentos de pequeños grupos revolucionarios de hacerse con el poder a través de levantamientos armados. Todos han invocado heroicos precedentes del siglo XIX y principios del siglo XX, así como la imposibilidad de utilizar otros métodos bajo brutales dictaduras de derechas, como las de Batista en Cuba, Somoza en Nicaragua, y los complejos militar-oligárquicos de El Salvador, Bolivia, Argentina, Perú, Uruguay y otros países, incluida Colombia.

Un hito regional. En muchos de estos casos, estaban en lo correcto: sin recurrir a las armas, nada habría cambiado en sus países. Lograron sólo tres éxitos: Cuba en 1959, Nicaragua en 1979 y El Salvador, donde hacia 1992 habían combatido a EE. UU. y al ejército local hasta llegar un punto muerto, lo que generó paz y una creciente prosperidad para el país. En todos los demás países, por diferentes razones –estrategias equivocadas, errores tácticos, teorías erradas, intervención de EE.UU., etc.– sufrieron derrotas, represión y futilidad.

Ya a principios de los años 90, se hizo cada vez más evidente que la lucha armada por el poder en América Latina estaba decayendo. Solo quedaban unos pocos grupos: Sendero Luminoso en Perú, el Frente Patriótico Manuel Rodríguez en Chile, por un breve tiempo los zapatistas en Chiapas, México, y las FARC en Colombia. Las transiciones democráticas en todo el hemisferio habían convertido en injustificable la lucha guerrillera: como predijera el Che en suLa Guerra de Guerrillas de 1962, dondequiera las trampas (o, uno podría añadir, las realidades) de los Gobiernos democráticos prevalecieran, tomar las armas no tenía sentido. País tras país, las guerrillas fueron derrotadas, pacificadas, integradas al proceso democrático, o convertidas en irrelevantes. Hacia fines del siglo veinte sólo las FARC resistían este proceso, junto con un puñado de grupos fragmentados en México.

Si Villalobos y Dieterich están en lo correcto acerca del inminente colapso de las FARC, sería un verdadero hito para la región y una confirmación de una estrategia –la de Uribe–, de la cual muchos sentíamos desconfianza. Esa estrategia ha sido criticada con razón por violar los derechos humanos, pero parece haber tenido éxito. No es un asunto menor para el hemisferio, para Colombia y para Uribe.

Tres problemas básicos. Sin embargo, persisten tres problemas importantes. En primer lugar, a pesar de los altos índices de deserción, la muerte de tres de sus siete líderes y la aparente decisión de Chávez de olvidarse de ellas (al menos por ahora), las FARC han demostrado ser notablemente resistentes a lo largo de los últimos 40 años. Sí, están divididas, son impopulares y carecen de representación internacional, pero los altibajos de la lucha de guerrillas son bien conocidos; el único guerrillero realmente muerto es el que está enterrado.

En segundo lugar, parecería altamente riesgoso concluir que un solo discurso de Chávez equivale a una afirmación fundamental de principios. No hay dudas de que Chávez es absolutamente crucial para la supervivencia de las FARC, considerando lo debilitadas que se encuentran en la actualidad. Sin embargo, habiendo estado con Chávez en persona una decena de veces, me parece ingenuo atribuir gran significación o convicción a cualquier cosa que diga, ya sea moderada, de izquierda dura, o se pueda calificar en algún punto intermedio entre estos extremos. Bien puede ser que haya optado por una "corrección" táctica menor, solo para esperar dar la pelea otro día.

Finalmente, suponiendo que Uribe está al borde de la victoria, ¿qué haría con ella? Muchos se han mostrado partidarios de negociar la pacificación con los sucesores del difunto líder de las FARC, Manuel Marulanda. Sin embargo, sin ningún atisbo de repartición del poder, esto es más fácil de decir que de hacer.

Después de todo, los Acuerdos de Paz de Chapultepec de 1992, que pusieron fin a la guerra civil salvadoreña, se firmaron más de dos años después de que quedara en evidencia que ninguno de los lados podía ganar. Y eso ocurrió gracias a la hábil participación de las NU, encabezada por Álvaro de Soto, el talento de sofisticados líderes del FMLN como Villalobos y negociador principal Salvador Samayoa, la fuerte presión de EE. UU. y su puntero, Bernard Aronson, y las innegables valentía y visión del presidente salvadoreño Alfredo Christiani.

Pocos de estos ingredientes existen en la Colombia de hoy. Así es que tal vez Villalobos debiera ser un poco más cauteloso, y Dieterich algo menos derrotista.

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