Costa Rica, Sábado 28 de junio de 2008

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Fernando Leal

Choques entre ética y política

Filósofo

La unidad de un partido político depende principalmente de la coincidencia de sus miembros respecto de los principios, el programa, la ideología y la ética que lo animan. Los miembros pueden divergir en la interpretación de estos aspectos, pero conviene que las divergencias se planteen y resuelvan mediante la discusión abierta. De acuerdo con la justeza de los razonamientos, la discusión permite aun el mejoramiento de tales aspectos y su inserción exitosa en el devenir político. Conviene también que se preserve la posibilidad de la diversidad de criterio entre los partidarios, no solo porque asegura la amplitud y vastedad de los horizontes políticos, sino porque así se reducen el dogmatismo, el fanatismo y la unilateralidad en el seno del partido.

Principios y disensiones. Algunos principios habrán de ser lo bastante sólidos como para que sean de acatamiento general, como la adhesión al gobierno democrático y los principios humanitarios, pero las divergencias pueden surgir en cuanto se procure mejorar la democracia y concretar una política humanitaria, por ejemplo. Las divergencias son beneficiosas puesto que la discusión y la crítica abiertas contribuyen a definir los problemas y sus posibles soluciones.

En caso de disensiones agudas, el partido debe contar con los medios racionales para analizar su origen, naturaleza y gravedad. La prudencia aconseja escuchar, analizar, sopesar y proceder en consecuencia. Si se prueba que la disensión llega al extremo de atentar contra los principios principales, como la adhesión a la democracia o la solidaridad ciudadana, entonces habrá razón en mostrar al disidente su inconsecuencia, y, en caso de contumacia, de expulsarlo como agente peligroso.

En cuanto a la disensión ética, el asunto presenta características muy problemáticas, y por esto los códigos éticos necesitan establecerse con la mayor precisión y nitidez, puesto que existen campos de actuación personal que no pueden invadirse, so pena de incurrir contra derechos individuales inalienables: por ejemplo, contra la libertad de actuar en consecuencia con la propia conciencia moral.

Podría aducirse que es la propia conciencia moral quien primero admite la adhesión a un partido y sus principios, y que, por tanto, si ella se aparta y disiente lo hace contra sí misma, contradictoria y aun faltando a la moral... Pero ¿qué moral? El disentimiento individual puede obedecer a la percepción de cambios en el partido suficientemente agudos como para reaccionar contra ellos. En este caso, la contradicción se encontraría en las actuaciones del partido o de un grupo de poder dentro del partido. Y, por otra parte, la moral “del partido”, aunque estuviese basada en la conciencia moral de sus fundadores y copartidarios, es una moral abstracta porque carece de la vivacidad, sutileza y atención continua que posee la conciencia moral individual concreta. De modo que los códigos éticos han de redactarse y aprobarse muy cuidadosamente, pues, de lo contrario, pueden resultar peligrosos y aun inmorales.

Un ejemplo. Consideremos un ejemplo de la vida política nacional. Los motivos para que uno o varios diputados abandonen su partido suelen ser diversos, justificados o injustificados. Quizá los casos injustificados constituyan la mayor parte, pero no hay un expediente seguro contra la posibilidad del abandono y no existe ninguna ley que obligue a dejar la curul por esta razón.

Puede ocurrir que se haya firmado un compromiso al respecto, pero, en los casos de abandono justificado, en rigor a nadie puede obligarse a inmovilizar y acallar su propia conciencia. Según mi criterio, es saludable que esto no pueda ocurrir, puesto que el motivo del rompimiento puede ser incuestionablemente válido. Entonces, el meollo de la cuestión no se encuentra en que se haya firmado un compromiso, sino en que prácticamente se obligue a firmarlo.

Puede argüirse que nadie se encuentra obligado a comprometerse al respecto, pero entonces una medida tal carece de sentido. Medidas de esta clase no alivian, sino que añaden gravedad a los choques que suelen ocurrir entre la ética y la política.

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