Costa Rica, Jueves 26 de junio de 2008

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Roberto J. Gallardo N.

Celebrar la solidaridad

 Entre editoriales deLa Nación y el enfoque del Gobierno hay visiones éticas contrapuestas

Roberto J. Gallardo N. es ministro de Planificación Nacional y Política Económica

Dos editoriales deLa Nación ( 26 de marzo y 17 de junio ) y un viaje al Alto Telire en Talamanca me motivan a escribir estas líneas. En el primer editorial, el periódico valora como negativa la iniciativa, aprobada unánimemente en la Asamblea Legislativa, de creación de una banca de desarrollo. En el segundo editorial,La Nación analiza críticamente algunas de las medidas adoptadas por el Gobierno para paliar el impacto del aumento desmedido del barril de petróleo en el país. ¿Qué relación tiene esto con una visita a una población indígena en el Alto Telire?

En su análisis del tema de la banca de desarrollo, el editorialista advierte –entre otras cosas– sobre las distorsiones que puede introducir en el mercado la existencia de una institución que podría desviar recursos escasos a proyectos “que no sean económicamente viables”. En el segundo editorial,La Nación considera negativo que el Gobierno absorba el impacto del shock petrolero, el que debería ser asumido directamente por el consumidor. Desde la perspectiva del periódico, el razonamiento es coherente y no tiene contradicciones, pero existe otro enfoque, que es precisamente el del Gobierno de la República, que permite arribar a conclusiones completamente diferentes. Esta divergencia, por supuesto, refleja visiones éticas, es decir, del deber ser, totalmente contrapuestas. Vale la pena hacerlas explícitas.

Dos visiones éticas. Los Estados se forman, entre otras razones, para materializar la solidaridad que debe existir en las sociedades, para corregir los desbalances y proteger a los más vulnerables. Para unos sectores, las instituciones públicas tienen como obligación primordial no perturbar el funcionamiento del mercado, el que finalmente alcanzará los equilibrios que garantizan la prosperidad para todos. Sin embargo, otros creemos que el mercado no es suficiente y que los Gobiernos deben tener un papel proactivo y asumir su responsabilidad social. Cuando se conceptualiza de esta manera la acción pública, se acepta que la solidaridad tiene un precio, y que la defensa de una teoría económica no puede anteponerse a la realidad que viven miles de costarricenses que luchan cada día para forjarse un mejor futuro.

Aquí es donde entra la gira a Talamanca. Liderados por la Ministra de Salud, un grupo de médicos se trasladó gratuitamente a esta remota zona de la geografía nacional, con el objetivo de vacunar a los niños indígenas contra la meningitis. Aun cuando la casa fabricante redujo a la mitad el precio de las vacunas para esta iniciativa, un cálculo hecho a mano alzada, incluyendo salarios de los médicos, el transporte en helicóptero (única forma de llegar) y otros costos asociados, situaba la inversión para vacunar a todos los niños de la zona en alrededor de $250 (aproximadamente, ¢131.250) cada uno. Al regreso de la gira, nos regocijábamos de vivir en un país que puede concretar la solidaridad de esta manera, sin importar el precio. A nadie se le ocurrió que el costo era desproporcionado, o que, al hacer un descuento del 50% en sus productos, la casa fabricante de la vacuna estuviera distorsionando el mercado.

Solidaridad. Lo mismo pasa con los temas tocados en los editoriales mencionados. La banca de desarrollo nace porque muchas veces lo que puede parecer un proyecto “que no es económicamente viable” puede terminar siéndolo, si decidimos como sociedad sostenerlo con criterios que superen las sumas y las restas, la tabla de salvación de familias que no tienen la posibilidad de ofrecer las garantías que exige la banca comercial. El presupuesto extraordinario que pretende atenuar el impacto del aumento del precio del petróleo en el bolsillo, sobre todo, de los más pobres parte de la premisa de que es obligación del Gobierno proteger a este sector antes que velar por que no se produzcan lo que algunos consideran “distorsiones al mercado”.

La solidaridad, valor sin el cual las sociedades pierden en gran parte su razón de existir, no puede ser solo una expresión de buenos deseos. Debe concretarse en políticas públicas en las que la evaluación de la relación costo/beneficio se haga en función de las necesidades, sobre todo, de los más humildes, y no en el de las exigencias del mercado. Solidaridad como esta debe ser motivo de celebración y no de preocupación.

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