Costa Rica, Sábado 21 de junio de 2008

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Roberto García Herrera

En memoria de un poeta

 Una espantosa ola de criminalidad le arrebató la vida a Julio Acuña, periodista y poeta

Periodista

No es por la consabida expresión de "no hay muerto malo", que acostumbramos a reflexionar en torno a la brutal y repentina ausencia de una persona que conocemos, y que se nos va en el momento inesperado. Es por la terrible certeza que nos invade al acercarnos a un féretro y observar su rostro inerte, a través de la reducida ventana de un vidrio que no se empaña.

Julio Acuña Agüero, asesinado en la madrugada aciaga del jueves 19 de junio, forjó sus amistades en el medio audiovisual y en los círculos literarios. Se graduó como periodista, pero en realidad fue un poeta. Una permanente sonrisa y el amor por los demás fueron parte de su caudal. Con una personalidad particular, desdeñaba el dinero y mucho de lo material. Le bastaba con dos o tres camisas y, a lo mejor, un saquito para vestir, si es que había recital, función de cine, literatura o tertulia.

En una sociedad que promueve el tener más que el ser, Julio optó por el ser. La austeridad fue para él una filosofía de vida y guardó por ella una fidelidad especial, en su constante andar por los caminos de la creación literaria y de la promoción de la cultura.

Trabajó hasta el mes de octubre del 2007 en el Centro de Cine, donde se caracterizó precisamente por su espíritu alegre, despreocupado y a veces ingenuo. En el recuerdo de quienes le conocimos, queda además la huella imborrable de su trabajo. Tenía una reconocida habilidad para las relaciones públicas, la que le permitió al Centro una fluida conexión con el sector audiovisual y con los medios de comunicación colectiva, en la organización de actividades de trascendencia como la Muestra de Cine y Video Costarricense, por ejemplo.

Espantosa realidad. Poco a poco, nos va tocando. Del mismo modo en que no hay una familia de este país que no haya sido golpeada por el vendaval del alcoholismo o la droga, nos va tocando a todos sufrir en carne propia este flagelo de una sociedad tan enferma, que desprecia el valor de la vida y que promueve la violencia con ríos de sangre que nos arrasan, sin respetar los muros de contención de la urbanidad ni las paredes de cada hogar.

Tania, su esposa, y Solaris, su hijo de escasos dos años; sus familiares y amigos, nos hemos quedado solos, como tantos que sufren día a día por la imparable ola de criminalidad y violencia que arrasa con este otrora jardín de paz, hoy escenario de guerra abierta en los hogares, en los barrios, en las calles, en las carreteras.

Hay una terrible certeza que lo invade a uno al acercarse a un féretro y observar un rostro querido, a través de la reducida abertura de un vidrio que no se empaña. Es la inminencia del adiós.

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