Costa Rica, Domingo 15 de junio de 2008

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Página Quince

Jacques Sagot

Silencio, plegaria, adoración

 ¿Ante quién se arrodilla hoy el hombre?

embajador ante la unesco

Las callejas sinuosas. El tumulto de la gente. Ese sonido homogéneo y monocorde que produce el rebaño humano, y que en tanto se diferencia del de cualquier otra especie animal. Pregoneros, vendedores de baratijas, turistas, todas las lenguas del mundo amalgamadas en una sola, indistinta masa sonora. Me cuesta avanzar. Quisiera, como Moisés, tener un bastón, al contacto del cual se abriera en dos aquel humano maremagno para yo ser capaz de hacerme camino. Pero el mar permanece ahí, rugiente y espeso. Por fin doblo en un recodo para buscar aires más despejados. Y así, aleatoriamente, voy a dar a la Iglesia de Saint-Séverin. Leo la inscripción: la mayor parte de ella data del siglo XIII. Sus gárgolas, sus arbotantes, sus espléndidos vitrales que hacen soñar en la inmortalidad.

Entro en ella y la recorro con profundo sentimiento de unción. Umbría, silenciosa, solitaria entre la turbamulta, noble navío en un océano de vulgaridad. Me dejo bañar por la luz azulada de los vitrales. Contemplo la nave central y me detengo en todas las capillas laterales. Y doy por fin con un recinto en cuya puerta están grabadas las palabras ‘silencio, plegaria, adoración’. Un hombre reza solo. Yo entro en la capilla, como lo hace uno en todo templo, el aliento suspendido, a pasos ingrávidos y con los ojos desmesuradamente abiertos.

La pachanga. Me siento un par de bancas detrás de él. Pienso en las palabras que la puerta impone al visitante. ‘Silencio’. ¿Dónde encontrarlo, cuando el mundo vive sumido en la violencia sonora, esa que conspira contra la contemplación? (Por tal no entiendo la mirada bobaliconamente fija sobre algo externo al alma, sino la mirada interna, esa que se vuelve sobre sí misma y posibilita la meditación). ¿Dónde encontrarlo en una sociedad que vive de aturdimiento, que solo es feliz bombardeada por millones de decibeles? ¿Dónde encontrarlo cuando el hombre ha equiparado la felicidad al barullo, a la pachanga, a la vociferación de los estadios, de los malls , de las cantinas y discotecas?

Luego pienso en ‘plegaria’. ¿Tiene el hombre contemporáneo a quién rezarle? El diálogo de la oración ¿no se ha convertido ahora en solipsismo, en monólogo narcisista del ser humano consigo mismo? ¿Para qué rezar si ahora tenemos a nuestra disposición las drogas inductoras de falsos éxtasis y el paraíso farmacológico creado por la psiquiatría? Pero la plegaria no es ni una anfetamina, ni un antidepresivo, ni una vulgar pedigüeñería de regalos personales enviada y debidamente timbrada al Creador, ni un simple exorcismo contra el miedo a morirse. ¿Qué es, entonces? Imposible definirla. Tan solo es posible experimentarla. Escuchen la Misa solemnis de Beethoven y tendrán la respuesta.

Destrucción del amor. Finalmente, ‘adoración’. ¿A quién adora el hombre moderno? ¿A sí mismo? Ciertamente no. El ser idealizado del humanismo se ha caído a pedazos. Ante bien, nos despreciamos a nosotros mismos. Nos despreciamos como nunca antes lo habíamos hecho. Por nuestra vocación de muerte y devastación, por nuestra capacidad para encarnar las terribles fuerzas de Tánatos como criatura alguna lo había nunca hecho. ¿Hay algo o alguien a quien todavía adoremos? Sin adorar no se puede vivir. Se puede existir, pero no vivir en el pleno sentido de la palabra. ¿Nos adoramos los unos a los otros? No es lo que la historia reciente revela. ¿Adoramos a la naturaleza? Curiosa forma de mostrar el amor: destruyendo al objeto amado. ¿Adoramos la ciencia, la tecnología, el conocimiento? Esas cosas no se adoran: se usan, se cultivan, se ponen a prueba, en el mejor de los casos se aman, pero eso no es adoración. ¿Adoramos los espacios constelados? Sí, únicamente en la medida en que no hemos podido aún desflorarlos y contaminarlos de humanidad.

La adoración es un sentimiento ligado a la vivencia religiosa, a lo sagrado. El hombre ha desacralizado al mundo y con ello se ha desacralizado a sí mismo. Es aún y siempre capaz de deseo, de necesidad, de antojos, de querencias, ocasionalmente de amor, pero ¿de adoración?

¿Quién nos arrebató el silencio, la plegaria y la adoración? ¿Ante quién se arrodilla hoy el hombre? No ciertamente ante el dinero. Al dinero se le codicia, no se le adora, y eso lo sabemos bien. No, ni siquiera el becerro de oro es objeto hoy en día de nuestra adoración. Tal parece que nos hemos quedado sin dioses. Tal parece que estamos ontológicamente desustanciados.

Tal parece que vamos a tener que reaprender, le guste o no a los arrogantes y los ilusos, el viejo gesto de unir las manos y doblar las rodillas. Silencio, plegaria y adoración.

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