Costa Rica, Sábado 14 de junio de 2008

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Yalena de la Cruz | yalenadelacruz@yahoo.com

Recordar el dolor

 Es necesario recordar el dolor para que el olvido no nos haga cometer los mismos yerros

Odontóloga

¿Cómo entender el sentido del dolor y del sufrimiento? ¿Cómo no rebelarse ante el dolor y más bien entender su aporte a nuestras vidas? Esta es la paradoja que vivimos con frecuencia las personas cuando tenemos dolores y pérdidas.

Una de la grandes enseñanzas de las historias bíblicas y prácticas judías y cristianas las resume así Carmen Naranjo: “El fin del dolor es la felicidad (…) El sufrimiento debe humanizar porque el hombre no ajeno al dolor tendrá que ser más limpio, más noble, más entendido en el quehacer del hombre, más humano, para que ninguna debilidad le deje de conmover las fibras más íntimas y se convierta en acción más de solidaridad que de consuelo. La memoria del dolor, sin admitir ningún olvido, debe perseguirnos día a día para aclarar nuestro encuentro con el hombre, porque el placer en este mundo es cosa de ratos, y el dolor, la necesidad, la pasión de ser en agonía permanente es calzado común a los humanos”.

Recuerdo permanente. Los judíos suelen tener siempre el recuerdo permanente del holocausto. Los católicos suelen decir que el sentido del dolor es salvífico, y une a Dios al “cargar la cruz a cuestas”.

Desde una perspectiva menos sobrenatural, es necesario recordar el dolor para que el olvido no nos haga cometer los mismos yerros; Federico Mayor Zaragoza lo escribió así: “Deber de memoria. Delito de silencio”. No se puede olvidar el dolor, ni el horror. El deber de memoria nos permite decir: “¡Nunca más!”.

El dolor y el sufrimiento dejan marcas, a veces en el cuerpo, como Quincho Barrilete , señalado desde que nació y con una historia en cada cicatriz; otras en el alma, como las que cargan a cuestas quienes a diario recuerdan la muerte y la guerra y que, en nuestra América, vemos conmovedoramente en “las Madres de la Plaza de Mayo”, que claman con su presencia diaria en la plaza porque los responsables de los crímenes de lesa humanidad en Argentina no queden impunes.

En estos días circula por Internet invitación a apoyar que las Madres de la Plaza de Mayo sean postuladas al Premio Nobel de la Paz, que me hizo caer en cuentas precisamente de que ellas son vela que no se apaga para decirnos que no podemos olvidar los muertos, la guerra, los desaparecidos, el dolor que no queremos que vuelva a nuestras vidas, y que en ese hermoso vitral negro permanentemente encendido, que es a la vez luto y esperanza, nos hace ver precisamente que tenemos que cuidar que en nuestras vidas no nos aceche de nuevo lo que nos ha destruido y arrebatado el alma.

El genocidio y la guerra le arrebatan su sentido a toda la humanidad. Pero las madres han trascendido el simple recuerdo y se han volcado en diario trabajo por los derechos humanos y la justicia social. El dolor no es para quedarse en él; es para salir desgarradoramente de él hacia un mejor futuro, como las mariposas tras su implosión.

Ámbito íntimo. En el ámbito íntimo, también, deberíamos tener nuestro pequeño espacio para recordar; nuestra tragedia privada que, por deber de memoria, nos aleje del dolor, nos impida recaer en los yerros y nos conduzca hacia senderos de mayor felicidad y prosperidad.

Recordar el dolor no es vivir en él; es seguir viviendo con alegría y con paz, porque nada debe apartarnos del luminoso camino de la vida. Recordar el dolor es, como para las mujeres de la plaza de Mayo, no dejar de creer en la humanidad y en la justicia, y en que el amargo pasado –mientras se recuerde– no se repetirá jamás en el futuro. Recordar el dolor no es marchitar el corazón con cíclopes, lestrigones o mataesperanzas. El dolor, al fin y al cabo es, entonces, un farol encendido que nos impide caer en precipicios y barrancos; espacio para crecer y avanzar hacia tiempos y días mejores.

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