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César Monge Conejo | cesarmonge@yahoo.com |
Comprarle chances al cura
Ingeniero
Yo decía que jugaba lotería para ayudar a niños y ancianos. ¡Mentira! El lunes revisaba ansioso la lista pensando en qué gastaría el premio. Cuando no pegaba ni terminación me daba rabia; no me ponía feliz pensando que ese dinero iba al asilo o al orfanato.
Si realmente quisiera ayudar, yo botaría el número días antes del sorteo, como si fuera un recibo, y no esperaría dividendos.
La JPS explicó hace poco que de cada 100 colones que uno compra, se van 56 en premios, 12 en comisión de chanceros, 11 en impuesto de ventas, 8 en producción; al puro final llegan 4 al Instituto del Cáncer y 10 a los hogares de ancianos y orfanatos. El gran 86% no es lo que yo pensaba.
Otro plan. Digamos que sigo otro plan para ayudar al prójimo. Voy a misa y doy plata. Sumada con la de otros, son millones de dólares que la Iglesia Católica tiene invertidos en Panamá en proyectos hoteleros, y acá en cerveza.
De los intereses generados, buena parte se dedica a mantenimiento de iglesias. O sea, no financia a ticos pobres, sino a ricas empresas extranjeras, y la gran prioridad es atender edificios, no personas. Lástima.
Entonces, mejor no comparto con nadie. ¡Error! Lo que pasa es que soy muy vago. Quiero que la Junta o la Iglesia sean buenos samaritanos en mi nombre, sin que yo me ensucie las manos, y de paso me recompensen dándome el gordo o el cielo.
Como si el cura vendiera chances para ser salvo, o parcelas de nubes en cómodas cuotas semanales. En el fondo me motivaba el deseo egoísta de hacer ganancias fáciles, sin trabajar. Avaricia y pereza, no amor al prójimo
Dar tiempo. Así como nadie puede respirar por mí, no debo esperar que otros cuiden mi conciencia. Prójimo es el que está próximo a mí, tan cerca como unos metros, en mi barrio, no a varios kilómetros, en el templo. Si echo ¢1.000 en las ofrendas, y compro en lotería otros ¢1.000, tal vez ¢200, dando mucha vuelta, sí ayuden a mi hermano.
Mejor los compro en arroz, ahora que viene la escasez, y lo dejo en la puerta de un vecino necesitado sin que nadie, ni mi mano izquierda, sepa lo que hizo la derecha, y sabré con total certeza cómo se usó cada centavo.
¿Y si no tengo dinero? Mejor aún. Puedo dar algo mucho más valioso: tiempo. Leer cuentos en el hogar de ancianos, cocinar en el comedor infantil, enseñarle a alguien a leer, oír un rato las viejas historias de un abuelo, chapear el parque infantil, sembrar un árbol.
Si no tengo plata, mejor doy unas horas de mi vida. A fin de cuentas, Dios también sabe que el tiempo es oro.
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